9 may. 2017

El "Pueblo mío" de Daniel Atilano


















Permítanme invitarles a escuchar la pieza titulada Pueblo mío, compuesta por Daniel Atilano, a partir de tramar impresiones sonoras urbanas de Caracas (grabadas durante la Semana Santa reciente) sobre extractos del Popule Meus de José Ángel Lamas (1775-1814).

Algunos fragmentos del Popule meus de Lamas, en la versión de Daniel, hilan un tumulto de voces y fragores que suceden azarosos. Ese collage de sonidos me inspira una tensión entre dos mundos que parecieran irreconciliables: por un lado, el de una belleza triste, dolorosa, como la contrición de un condenado devoto y, por el otro, el de una vida que rezuma, terca y ardua, entre los acordes de otra belleza, velada por una pátina sonora, por una distorsión que evoca el ruido que producía la aguja de un tocadiscos sobre un acetato que daba cuenta de los años sufridos, de las innumerables vueltas que ha dado para reproducir, una y otra vez, la misma angustia. Es también la pátina que rememora la sonoridad de una orquesta de retreta, esa parodia de alegría con la que bandas militares –o con ínfulas militaristas– colmaban las plazas, entre cepillados y escapularios.

Pueblo nuestro, el escuchado por Daniel, pueblo herido.

Confieso que no recordaba la pieza de Lamas. No resuena en las semanas santas de mi vida. No resuena en los viernes santos de mi Angostura.

¿Perdí esos recuerdos? Yo, párvulo que abrió cuadernos en pupitres de una escuela parroquial, desde un tercer grado de tablas azotadas hasta un sexto enamorado de la misma caperuza amarilla que llueve en algunos de mis versos. Monaguillo asustado. Improvisado Igor, aspirante a sacristán, que durante la consagración, cada domingo, veía arder, aterrado, todos los pecados sobre los inclinados rostros de la feligresía.

No recuerdo las Semanas Santas de aquella Caracas y, sin embargo, cuánto siento que estoy ahí, en medio de la muchedumbre que merodea el Popule meus, durante la procesión de nuestros días actuales, grabados por Daniel.

Una y otra vez escucho esas voces reunidas por él y con cada palabra irrumpo en ese lugar donde se encuentran, solo para saber que no he llegado, aún, al umbral donde seré apenas una voz perdida entre los estallidos de un petardo y el escándalo de una vulgaridad que se resiste a fenecer.


















Fotografía de Santiago Astor de su documental sobre la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas.



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