11 may. 2017

Carta escrita en un invisible barco de papel

















Hola...

A quien pueda interesar leer esto, realmente le deseo que se encuentre bien, en unión de sus seres queridos.

Casi no sé cómo hablar en estos días.

Casi no sé cómo escribir.

Escribir duele.

Ninguna de mis palabras quiere ser arenga ni quejido.

Pero todas mis palabras en este momento y desde hace días, cada vez más, están sumidas en miedo y duelo.

Sí, también en rabia; pero la rabia torna en miedo a hacer daño y me encierro.

Hay monstruos que no quisiera conocer.

Monstruos que no quiero liberar.

Pienso que en cada persona habitan por lo menos dos monstruos: el que se es y el que no se es.

Digo: soy profesor, arquitecto y universitario. A diario muestro mis monstruos dóciles, ante amigos, estudiantes y compañeros.

Ciudadano universitario quisiera ser siempre, ante todos.

Ese anhelo me obliga y compromete, aun cuando creo que nada más puedo dar o hacer.

Porque lo que sé hacer, lo que quiero hacer, no dialoga con la muerte. No puede respirar abatimientos. No forja castillos de naipes en el aire.

Sé estudiar –digo, creo que sé.

Sé pensar –digo, creo que lo sé.

Sé conversar (creo que sí lo sé, lo creo).

Sé escribir –digo, me esfuerzo.

Y nada de eso parece útil en este momento.

Me niego a poner mi saber al servicio de luchas o batallas.

Reniego de luchas y batallas.

Aborrezco las guerras y sus mercaderes.

Creo en el trabajo.

Creo en cultivar.

Admiro el producir.

Profeso el construir.

Edificar es un horizonte siempre anhelado pero al que no he caminado con suficiencia ni resistencia. Para el que pienso que no poseo los talentos necesarios, la personalidad exigida.

Pero el momento actual es oscuro.

De una oscuridad que no había conocido; que no había imaginado vivir más allá de las páginas de los libros que de ella hablaban.

Estamos prisioneros y, desde hace dieciocho años, amenazados y abusados por un cartel de sátrapas.

Mienten.

Hasta la nausea, mienten.

No tienen palabras, solo balas y vicios.

Corrompen todo lo que tocan; todo lo que ven lo corrompen; todo lo que oyen, lo que huelen y lamen, corrompen.

Defecan corrupción.

Bailan sobre sus miasmas. Comen de ellas.

Se vanaglorian de hacerlo.

Mienten. Estafan. Coaccionan. Reprimen. Violan. Torturan. Asesinan.

Una y otra vez: mienten.

Constituyen antros de mentiras.

Todas sus mentiras constituyen una galaxia muerta.

Una patria muerta.

Una república muerta.

Pero quiero creer en la vida.

Creo en la vida como bendición que un dios –quizás en el que creo– nos ofrece a cada instante. En cada respiración.

Y la vida brota en las grietas de las calles.

Tercas hebras de vida que una mujer mira con insistencia y sonríe.

Sonríe porque la vida busca el sol, se hunde en la tierra, late debajo de las piedras.

Y al crecer da buena sombra, refugia y se posa en nuestra manos; en nuestras pequeñas manos que reciben por igual chispas, semillas, gotas.

Y nuestras manos quieren hacerse campos, caminos, industrias, tiendas, teatros, escuelas, hospitales, residencias.

Ciudades.

Como en las que hoy percibo brotes de una nueva república:

Jóvenes brotes de una república liberal, democrática, inteligente; cultora de la vida al pie del Ávila; en el Estrecho del lago que recibe al Catatumbo; a orillas del Torbes y del Chama; a orillas del Turbio, del Cabriales y Las Delicias; en riberas del Arauca, del Neverí, del Guarapiche; en las del Caura, el Cuvchivero y Caroní; y en toda la cuenca del Orinoco, brotando desde su Angostura y trazando la línea de vida del país; volviéndonos un delta inmenso que besa al Caribe en Paria y en Cariaco, en La Restinga y Paraguaná; ovillándonos en el golfo donde nace nuestro nombre y los nombres de todos los que hoy lloran de rabia, dolor, esperanza.

Joven ciudad rebelde y amable.




















Fotografía: REUTERS/Carlos Garcia Rawlins, 6 de mayo 2017.


#poesíaresistencia

1 comentario:

teovaldos teo dijo...

tus palabras se hacen nuestras, desde el corazón, la sensatez, la consciencia.