8 sep. 2015

Ascuas de un corazón en duelo

Se dice que empatía es la capacidad de alguien para identificarse con otro y compartir sus sentimientos; por lo que también se interpreta como el sentimiento de identificación de una persona con otra. Ya sea una capacidad o un sentimiento, quizás la empatía haya sido una de las facultades primordiales para subsistir como especie. Quizás sea por ella que podemos llegar a acompañarnos en distintos momentos cruciales o abismales y creer que nos condolemos, compadecemos, convivimos. Amamos. Y digo creer porque bien sabemos que por más cercanía que una persona tenga con otra, el aprendizaje de una vivencia es un suceso dentro del individuo íngrimo que cada uno es. Nuestras historias son puentes que tendemos entre nuestras soledades para intentar comunicarnos, para intentar sobrevivir.

Leer en su libro, Duelo, lo que le tocó vivir a Albor Rodríguez, me dejó en una llanura inerte, rodeada de abismos insalvables. Abismos hacia su nada. Hacia un terror sin nombre que ella, milagrosamente, ha sobrevivido. Y aquí la palabra milagro lleva lo que dice: una experiencia vivida de la que nada comprendemos, que no podemos explicar –si es que algo podemos explicar–; un hecho que ni siquiera sabemos cómo preguntar; solo somos testigos atónitos de que acontece; testigos heridos y mudos cuando sucede a la persona que cada quien intenta ser.

Comprendo la empatía como producto de nuestra capacidad y deseo de imaginar lo vivido por otra persona; es decir, de vivir con nuestro pensamiento experiencias vividas por otra persona; experiencias que nuestro cuerpo no puede percibir. Quien narra una historia abre para nosotros un manantial que fertiliza nuestra imaginación. Quien además tiene la valentía de sobreponerse al inerte estado al que lo arroja un brutal dolor, de activarse en su duelo y resistir el deslave de emociones que le agreden, para narrarnos la historia de haber sufrido una pérdida atroz, no solo nos honra con ese manantial sino que también nos obsequia vida sedimentada en palabras.

El abismo en el que cayó Albor, la madre, es tan insondable que nuestra imaginación siempre será pálida ante la hondura de su dolor y la fuerza de su espíritu para elevarse y regresar. La magnitud de lo vivido hace que uno casi olvide el hecho de que quien narra lo ha sobrevivido y ello me hace sentir que cada página del libro es aún más valiosa.

La narración de Albor es sencilla, fluida; en voz baja; serena; como serena es la voz de una amiga que nos cuenta su historia en medio de su noche, en su habitación, con el titilante candil de su amor que ya nunca se apagará. El amor por Juan Sebastián, su tesoro ido, un cometa en su cielo, el milagro del que ella fue testigo.

Cada párrafo es una urdimbre de inteligencia y sentimientos, de honestidad y franqueza. Cada página está hecha de hilos de agua clara. Hila ella delicadamente la historia de su hijo hacia el pasado, mientras hila lentamente la de su duelo de madre para traerse de vuelta a la vida entre nosotros. Es una madre que piensa y cuenta; que recuerda y teme; que escribe para no olvidar y al escribir, pensando en un nosotros al que cada lector se incorpora, traza un camino por el que logra recrearse, entretenerse en ese ineludible viaje hacia su oscuridad, hasta encontrar el umbral hacia otra luz en este mundo.

Tal vez porque soy un lector muy obcecado en buscar categorías y estructuras, no pude dejar de sentir que quien primero sobrevivió fue la periodista. Su profesión quizás haya sido un salvavidas agarrado en la última brazada antes de hundirse definitivamente. Las manos tendidas de toda su familia le dieron una nueva oportunidad y el umbral del arte de la escritura un nuevo horizonte. Curioso círculo que en ella se completó, cuando pienso que su ser de periodista se encontró con el ser de escritor que le alienta, le esencia y origina. La idea clave en esto: dar su voz para que se exprese quien no puede hacerlo. En cada párrafo de Albor habla una madre que ha sufrido la pérdida de un hijo y también se escucha la voz de un hijo que apenas comenzaba a pronunciar su primera palabra: Gracias.

«Imploraba con todas mis fuerzas ser otra», escribió, en medio de su relato de la dura experiencia de los tratamientos de fertilidad a los que se sometió. Y Albor es otra, como otros somos nosotros luego de leerla, porque después de que ocurre algo como lo que a ella le ocurrió, «...dejó de ser normal lo más normal del mundo: ver a una madre con su hijo...»

Cada niño es un milagro.*

Quiero terminar estas breves e insuficientes notas sobre una de mis lecturas de Duelo –el libro de Albor Rodríguez publicado por Oscar Todtmann editores en 2015–, releyendo el epígrafe con el que ella nos abre su historia; unos versos del poeta norteamericano Archibald Mac Leish: «Las velas de las iglesias se han apagado, / las estrellas ya no están en el cielo. / Soplemos sobre los carbones del corazón quemado, / y ya veremos, ya veremos...» 

Invito a leer su libro Duelo; unirnos a su voz, para soplar junto con ella sobre las brasas de su corazón quemado.

Soplemos cuidadosamente; cuidadosamente... y continuemos...





























* La frase hace referencia a un texto del escritor chileno Cristian Warnken, titulado Páginas en blanco (publicado en su blog del diario El Mercurio, el 19/02/2009). Albor cita a Warnken en su libro (p. 62).


© Hernán Zamora  /  @hzdedalus