14 jun. 2015

Otros modos de ver las formas de un poemario

O continuando sobre la composición de un libro de poesía


La vida se encarga de desmentirnos.

El mismo día que publiqué un breve ensayo sobre las formas de un poemario, llegó a nuestra casa el libro que recoge la obra poética completa de John Berger, publicado por el Círculo de Bellas Artes de Madrid. En el prefacio, el prolífico escritor dice:

«Tengo la sensación de que mis poemas no están datados, que todos fueron escritos en un mismo momento intemporal. Sin embargo, aquí aparecen en un orden más o menos cronológico, solo porque no encuentro otro que tenga más sentido. Ordenarlos, por ejemplo, por tema, sería negar la poesía misma. Podría agruparlos en torno a los lugares, los pueblos, las ciudades y las estaciones de ferrocarril donde los escribí. Pero ¿dónde está uno realmente cuando llega un poema? En ningún lado, sin duda. 
De modo que parece que lo mejor es ensartarlos cronológicamente en el hilo de la vida, como si fueran cuentas.»

¡Cómo no escuchar su voz! Me impresioné ante el hecho: justo cuando estoy meditando sobre un tema y deseando escribir sobre ello, la vida me trae voces con las que sucede el prodigio de una conversación que se desprende del tiempo, se sitúa fuera de todo lugar y presencia.

Una conversación que da giros sobre sí misma, que no termina.

En el ensayo anoté que consideraba la composición de un poemario desde tres formas: la primera (que incluso adjetivé como “inocente”) basada en la sencilla cronología de lo vivido, como las fotografías en un álbum familiar; la segunda, como una narración que podía adquirir rasgos de autorretrato y la tercera, como un discurso estructurado en torno a una idea. El orden de un poemario siempre es intuitivo; pero una vez que aparece, en mi opinión, es hermoso cuando es posible sostenerlo y apreciarlo.

Berger, desde su sapiente distancia de hombre que ha recorrido casi toda su vida, nos dice que al reunir poemas en un libro, cualquier orden distinto al del azar de lo vivido, según lo trae el río del tiempo, es un orden que negaría a la poesía misma. Acude, al igual que lo hice en mi texto, a la imagen de un collar para describir el orden que considera posible, justo, para la poesía. Dice también que cada cuenta o abalorio de ese collar, desde la etimología de la palabra en inglés, bead, se deriva de formas medievales que significaban oración.

El caso es que esas oraciones son unidas y reunidas por un orden, esto es, una idea, lo que sería igual a decir una invención. En el caso de Berger: un tiempo; el fluir de una vida en un tiempo.

«El tiempo solo, invento de un invento», escribió Eugenio Montejo. Para él –me cuenta Jacqueline Goldberg, de una conversación que ambos tuvieron un día– carecía de sentido pretender que un poemario se apreciara desde estructura alguna: si en la página que lo abriese no aparecía ante sus ojos un poema que se sostuviese por sí solo, lo abandonaba de inmediato.

La opinión de Montejo permite destacar varias consideraciones: sea cual sea el orden del poemario, todos los poemas han de tener valor por sí mismos. La estructura del poemario no puede dispensar desigualdad de calidad en los poemas que contiene. Cada uno ha de propiciar una experiencia poética intensa. Lo deseable sería que la composición del poemario incrementase la intensidad de esa experiencia.

La misma Goldberg habla de la composición de un poemario como una narración, que ha de tener un inicio atrayente, un punto medio intenso y un final “en alto”. Dicho así sugiere que hay poemas de transición entre los poemas de esos momentos destacados. Compara con casos de poemarios que ubican los mejores poemas al inicio y se debilitan hacia el final. Por eso reitera la importancia que asigna a que el último poema termine “en alto”, como una canción, dice.

Un caso interesante de su experiencia fue la composición de su obra poética reunida bajo el título Verbos predadores, publicado por Equinoccio (2007). Confiesa su particular modo de comenzar a leer una antología: desde la última página. Así que su obra reunida, es decir, un libro de poemarios, lo compuso desde el más reciente, viajando hacia el primero de sus libros de poesía conocido: Treinta soles desaparecidos (1986); ordenando los poemarios como en un viaje a la semilla. Porque defiende a «...la poesía como proceso, como mirada que solo desde el presente es capaz de descifrar su voz pasada...»

Un día, cuando ella estaba componiendo El orden de las ramas, ocupó todo el comedor de nuestra casa con las hojas de los poemas que contendría ese libro. Viéndola afanada y hablando sola, buscando el orden que les daría, me acerqué y tuve el atrevimiento de opinar y además creer que yo tendría la razón. En un muy sofisticado marabino, me sugirió que le hiciera el favor de averiguar si las ranas podrían sufrir de alopecia.

Aún estoy tratando de averiguarlo.




























© Hernán Zamora  /  @hzdedalus




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