7 jun. 2015

Las formas de un poemario

O ¿cómo se agrupan los poemas en un libro?


Una de las razones por las que intento escribir poesía tiene que ver con un particular sentido de libertad: escribo poesía porque nadie está esperando que lo haga. No hay pautas temáticas ni mucho menos temporales para comenzar, realizar y terminar un poema. Es una muy placentera ilusión ubicarme al margen del tiempo: demorarme.

Mientras escribo, solo estamos las otras voces, el lenguaje y yo.

Esa experiencia es también la construcción de una temporalidad íntima: el que soy mira al que fui. Esto me permite sentir una muy personal sensación de logro; ciertamente efímero, precario e insuficiente; pero necesario para creer que no he vivido absolutamente en vano. Al ver viejos papeles en los que se conservan textos muy iniciales, puedo apreciar cuántas diferencias hay entre mi escritura de entonces y la que ensayo ahora. Creo que puedo constatar que he cambiado, que he mejorado. Al menos, quisiera creer que es así.

Uno de esos cambios lo observo en el modo en que concibo la composición de un poemario: de un álbum de poemas a un libro de poemas.

Entiendo al poemario, en tanto concepto general, en el mismo sentido de su definición, pues evidentemente se trata de un conjunto o colección de poemas. Dicho así, llanamente, podría aludirse a una idea de autonomía de cada uno los distintos textos que han sido juntados, aun cuando no parecieran tener entre sí otra relación que la superficie textual que los conforma y la mano que los aproxima.

Pero el caso es que así como un hilo une las cuentas de un collar, al menos una razón ha de existir entre los poemas que el azar de una vida produce y deposita en las manos de un guardador de palabras. Sobre una mesa se ponen unas cosas y no otras, se asocian a unas palabras y no a otras y se aproximan entre ellas por una voluntad o por otra. Así, al poner sobre la mesa, se acercan cosas que estaban separadas entre sí y que han sido separadas de otras que no se han colocado en el espacio de esa acotada superficie de realidad humana. La mesa las une; es decir, el espacio las convierte en una sola cosa; les da unidad. Ya ahí, distinguimos las azules de las encarnadas, las altas de las bajas, las abiertas de las cerradas. Con unas palabras que denotan nuestra percepción de las cosas, las reunimos; es decir, creamos otras uniones dentro de lo unido y por tanto las distinguimos como otras unidades, separables entre sí. Cuando pasamos de nombrar lo que las distingue en función de nuestras percepciones, a pensar lo que las une porque las asociamos a una razón o idea, las coligamos, las coleccionamos; les damos orden; las abstraemos de su realidad para situarlas, quizás elevarlas, en otra realidad, la de nuestra imaginación y pensamientos. En este punto, las cosas reunidas y ordenadas conforman un artefacto.

Cuando agrupé por primera vez una variedad de textos en un poemario de cuyo título no quiero acordarme, lo hice como quien guarda fotografías en un álbum familiar. Cada texto tenía una fecha y el orden cronológico era estricto. No pensaba que podía hacerlo de otra manera. Era la representación de anécdotas. El poemario era memoria, un ensayo contra el olvido.

Una segunda comprensión surgió luego de leer Al margen de las hojas, de Arturo Gutiérrez Plaza. Comprendí que el orden que le diera a los poemas podía “narrar” el trayecto de un viaje desde la infancia hacia la pasión por la escritura, donde el amor era un hilo melódico constante en ese viaje. Era representación de momentos significativos de una vida. El poemario tornó en autorretrato.

La tercera capa de comprensión que creo haber alcanzado acerca de la composición de un poemario, provino de dos vivencias: una puesta en escena de poesía, música y teatro que un grupo de amigos realizamos bajo el título de Poesía tramada, en 2002, y una conversación que tuve con dos escritores amigos hace unos pocos años. En Poesía tramada, fue Arturo quien sugirió que se estructurara la puesta en escena siguiendo un poema de Miguel Hernández: amor, muerte y vida fueron las ideas con las que se ordenó la selección de textos, música y se concibió la acción teatral. En la conversación, los dos escritores me comentaron que sabían exactamente cuántos poemas le faltaban para completar un libro de poemas que estuviesen trabajando. Mi cerebro chirrió tratando de entender eso. Tuvieron la gentileza de explicarme, pero ese día no pude oír casi más nada y solo con el pasar del tiempo lo he interpretado de un modo que, creo, me ayuda a trabajar.

En un libro de poemas las vivencias, emociones y significados se acoplan a la estructura de un discurso desde la intuición. Es  el intento de domesticar el azar y representar un horizonte. Se transfigura en la intuición de un proyecto. Un libro de poemas es un testimonio de quien ha querido contemplar una parte del mundo y hace el esfuerzo de verbalizar lo vivido en ese dilatado instante de su existencia.

De la inocencia del álbum familiar al anhelo de un proyecto de vida, la composición de un poemario es una de las formas en que me digo: continúa, aún en medio de tanta noche, continúa.





















© Hernán Zamora  /  @hzdedalus

1 comentario:

guadalupe dijo...

Los poemas son como las canciones! Nos pueden gustar pero quizas no somos capaces de cantarlas! eso no quiere decir que no las tengamos almacenadas en el alma! ... hacer un libro es otra cosa... el alma no se vende ... el libro si! Besos GT