21 jun. 2015

Hablar de poesía

O sobre la dificultad de hacer crítica poética


Alguien dijo una vez que nada hay más práctico que una buena teoría.

Me identifico en esa expresión porque manifiesta un principio desde el cual trato de sostenerme: no hay acción que se realice sin ser guiada por un pensamiento y considero que esto es así, incluso cuando actuamos por impulso de una intuición. Muchos problemas se derivan de eso, para empezar: darse cuenta de que se está actuando consciente o intuitivamente. La dificultad se agrava cuando aparece una tercera posibilidad a esas dos, que es el proceder dogmático.

Por efecto de la intuición, uno cree que sus acciones no son guiadas por pensamiento alguno. Esta es la mejor ilustración de esa concepción muy generalizada que distingue al pensar del hacer como si fuesen fenómenos opuestos, al punto de creer que la existencia de uno niega la del otro. Por efecto del pensamiento dogmático, la persona cree que está pensando libre y voluntariamente. No se cuestiona lo que hace o dice, ni mucho menos lo que piensa. Por efecto de la consciencia, uno cree ser dueño de sus actos y hasta llega a pensar que las representaciones que ha creado acerca de un mundo se corresponden realmente con el mundo que existe.

Conversando con un amigo en una ocasión, en la que le contaba alguna preocupación espiritual en la que me sentía sumido, él me dijo generosamente que lo que yo necesitaba era ponerme a lavar el carro; es decir, ocuparme en algo para que dejara de pensar en pazguatadas. Se lo agradecí y le juré que lo haría; pero no tuve el valor de confesarle que no hay un momento en el que mi pensamiento derrote más por meandros enrevesados, que cuando estoy ocupándome de alguna tarea mecánica o doméstica; en mi caso, por ejemplo, encargarme del aseo de la cocina en nuestra casa.

Creo que fue Isadora Duncan la que dijo que si explicaba cómo bailaba no podría continuar bailando. Así también, nada me resulta más difícil que hablar de poesía. Y es que al hablar se hace algo muy distinto al hacer del cual se habla: ese hablar será teoría (en cualquiera de sus posibles formas: describir, narrar, reflexionar, predicar, juzgar, etcétera) y sus frutos serán siempre otra cosa, puesta al lado de la cosa de la cual se habla. Un comentario a un poema titulado Escucho a John Coltrane, no es el poema Escucho a John Coltrane y no es Armando Rojas Guardia escuchando a John Coltrane, ni es John haciendo música. Son todos productos distintos, y el conjunto de ellos es una cultura más elaborada, que la que apreciaríamos si nadie hubiese podido escuchar a Coltrane alguna vez.

Por eso quisiera poder hablar de poesía, sin renunciar a seguir intentando escribir, anhelando a la poesía.

En algunas ocasiones, poetas amigos me han dado algunos de sus textos para que se los comente. Sencillamente he enmudecido. Por una doble razón: porque no sé qué podría decirles más allá de mi primera sensación con respecto a sus textos y porque siempre temo que mi opinión sea tan hosca y torpe que maltrate innecesariamente el tránsito de esa persona por su propio camino. Pero lo cierto es que he sentido que ese proceder es muy pobre de mi parte, pues no enriquece la experiencia poética de quien escribe ni la mía como lector suyo, agradecido por demás. Y es que en el ser del lector se realiza finalmente una obra.

En otro momento desarrollaré cómo entiendo el concepto de crítica. Baste ahora decir que la acción crítica, como otra forma de la expresión hablar de poesía, requiere de una “buena” teoría. Entiendo a la teoría como un pensamiento ordenado, bien fundado, con el que nos asistimos en nuestro esfuerzo por comprender alguna realidad de un mundo en el cual vivimos o ante el cual estamos.

Pensar en una teoría poética me produce un intenso temor. Como si al intentarla, el escritor que procuro ser morirá embalsamado. La primera vez que escuché la expresión me sonó a herejía. Pero lo cierto es que esa teoría va sucediendo en acto cada vez que leo un poema o un poemario y lo hago con la espléndida sensación de estar conversando con su autor. Al leer voy sintiendo, viviendo, deteniéndome, cavilando, discutiendo, volviendo a leer, tratando de entender... ¡incluso corrigiendo! Cada vez que no puedo contener el impulso de tomar el lápiz y subrayar, hacer una marca al margen de la hoja o escribir lo que pienso o me inspira lo leído en ese mismo margen, estoy hablando y ese hablar se sostiene en un pensamiento, hay teoría.

La pregunta que me hago es ¿qué importa si digo o no lo que pienso al leer poesía? Eugenio Montejo hablaba de un parentesco entre los poetas, una fraternidad. Solo es posible darle vida y sostenerla cuando, café, vino o cervecita mediante, podemos conversar, hablar de poesía, con la esperanza de acompañarnos en el camino, de ayudarnos mutuamente a mejorar nuestros intentos de, aunque sea por un instante, creer que rozamos ese resplandor con nuestras propias manos.



© Hernán Zamora  /  @hzdedalus



























Acuarela de Auguste Rodin, tomada del sitio web AffordableArt101 http://goo.gl/n4vVTk




No hay comentarios.: