17 feb. 2014

Carta abierta a los estudiantes universitarios de Venezuela

© Hernán Zamora

Apreciados estudiantes de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela, en Caracas y en Barquisimeto; estudiantes de Arquitectura de la Universidad Simón Bolívar; estudiantes de las Facultades de Arquitectura y Diseño de La Universidad del Zulia y de La Universidad de Los Andes; estudiantes de Arquitectura de La Universidad Nacional Experimental del Táchira; estudiantes universitarios de toda Venezuela:

En este momento en que me dirijo a ustedes, los hechos hablan por sí solos:

La inseguridad es la más visible, igualitaria y terrible de todas las circunstancias que estamos viviendo en nuestro país; en el curso del último año se ha agravado en niveles y valores que ya resultaría criminal no reconocerlo.

Ha sido esa la gota que ha rebosado su enorme paciencia; esa luminosa paciencia fundada en la cualidad existencial que su juventud les otorga: la de que habrá tiempo para que algo, eso que nos preocupa y maltrata, pueda ser mejorado con el concurso de su propia acción.

Pero ha sido la inseguridad en nuestros centros de estudio la herida que los hizo decir en voz alta: ¡Ya basta! La sistemática violación de nuestras aulas llegó al punto de ser también el intento de violación de una de nuestras compañeras, de una universitaria. En ella, en su miedo, en su horror, todos nos hemos sentido reflejados en un grado ya insoportable, al reflejarse también en ella todos los crímenes de nuestros conciudadanos, de los que hemos tenido noticia durante estos últimos años, cada vez más. ¿Y por qué cuando nuestras aulas han sido profanadas, ha ocurrido también que ustedes se han hastiado? Me doy una respuesta hermosa y dolorosa a la vez.

Es hermoso comprender que nuestros espacios universitarios son, para muchos de nosotros, un refugio, una pausa, un sorbo de serenidad espiritual. Más allá de los retos que nos impone el saber, la exigente aventura de aprender, que en no pocas ocasiones nos estresa y afecta, sobre todo cuando no logramos alguna meta en nuestra carrera; más allá de todas esas naturales dificultades que hacen del saber un bien extraordinario y elevado, encontramos en nuestros campos universitarios, en nuestras aulas, corredores, bibliotecas, talleres, laboratorios y cafetines, el tesoro invaluable de reconocernos juntos en una convivencia virtuosa, capaz de acallar todas las angustias que nuestra vida cotidiana pueda presentarnos. Así, la razón hermosa por la que hemos logrado soportar tantos maltratos consiste en que nuestras universidades son la realización de una idea de hogar.

La razón dolorosa, contracara de esa realidad, surge cuando comprendemos que el crimen se ha instalado en el corazón de esa idea. Ahora sí, ya lo sabemos, sea ese hogar el país, nuestra casa o nuestra aula, el crimen se ha instalado en cualquiera de ellos y ya no tenemos refugio alguno donde recuperar nuestras esperanzas, nuestra confianza, nuestra alegría o lo que sea que cada quien siente que necesita recuperar en su refugio para afrontar a un estado de cosas que rabiosamente parecieran negar la vida.

La inseguridad es la punta del iceberg que ha fracturado los restos de nuestra integridad. Una integridad que se ha visto comprometida por muchas causas, entre las cuales, el incontrolable desabastecimiento de alimentos y medicinas es igual de grave y les ha afectado en muchas formas, una de ellas, sin duda, resulta en el fenómeno de las interminables colas, en las que se va perdiendo el valiosísimo tiempo que de su cotidianidad debería estar dedicado al estudio, a la investigación y al trabajo creador.

Esa integridad ha sido sistemáticamente arruinada en estos últimos quince años; agravando muchísimo más el comprometido estado que ya se tenía al término del siglo pasado. Nuestra Nación recibió al siglo veintiuno como una casa más o menos maltratada en su apariencia, sobre la que pretendíamos seguir construyendo pisos, ignorando o queriendo ignorar las severas filtraciones que se profundizaron por lustros, quizás siglos, en el terreno sobre el cual se asentaban anacrónicas fundaciones. Nuestro periodo democrático entre 1958 y 1999 parece hoy un suspiro en medio de una incesante asfixia.

El saber arquitectónico e ingeniero de nuestro tiempo actual reconoce las preexistencias y las valora; ha desarrollado conocimientos y técnicas para restaurar, para reparar, para salvar un bien patrimonial heredado, recuperando la integridad de lo edificado que se ha visto comprometido por el tiempo y nuestros abusos, para entregárselo a las generaciones futuras y permitirles el beneficio de ese bien.

Por eso es posible pensar que con el concurso y la colaboración de todos los ciudadanos que habitamos este país, nuestra Nación pudo haberse recuperado, pudieron haberse reparado las enormes filtraciones, cambiado las fundaciones, sustituido los agregados errados y permitido que las partes admirables, logradas por las generaciones que nos precedieron, tuviesen la presencia que les corresponde en la conformación de la historia de nuestro ser nacional.

Pero lo cierto es que el plan llevado a cabo por quienes han recibido el encargo de gobernar desde 1999, no ha sido otro que el de hacer tabula rasa de todo lo construido para pretender erigir otra Nación a imagen y semejanza de sus fantasmas doctrinarios. Llegó a presidir todos los poderes del Estado una generación de personas más preocupadas por vengarse que por construir, más convencida de luchar que de trabajar, más dispuesta a rendir culto que a conocer, más ávida de poseer que de producir. Una generación canallesca que se ufana de la más grave de todas perversiones del espíritu: se dicen poseedoras de “la verdad”.

Ese funcionariato se ha constituido en lo que considero un régimen (lo que otra parte de nuestros conciudadanos aún cree un gobierno). Se trata de una entidad perversa, brutal, poderosa; difícil de apaciguar con la razón, la imaginación y la palabra. ¿Cuán equivocado estoy en mis percepciones? Cada día dudo de mí, pero más aun dudo de quienes con un despiadado arsenal de propagandas, nos dicen que tienen “la verdad”, que ellos son nobles, elevados y buenos; que debemos creerles convencida, disciplinadamente y que debemos aceptar con absoluta sumisión lo que nos dicen y hacen porque nada será mejor que lo que ellos nos ofrecen. Es un funcionariato de cínicos que, pervertidos por el exceso de poder, se están orientando hacia actitudes cada vez más despóticas.

Por otra parte y males mayores, los actores políticos que han asumido la responsabilidad de coordinar acciones de oposición al régimen aún no logran superarse a sí mismos, les cuesta sostener la necesaria unidad, no han podido ofrecer un proyecto de país en el que se sientan incluidos quienes hoy se piensan representados o beneficiados en el proyecto castrocomunista que nos coloniza, quienes legítimamente apoyan el proyecto socialista y quienes no se identifican con ninguna de las alternativas.

Los ciudadanos estamos en el fuego cruzado de entidades que desconocemos, arrastrados en su guerra por la más ruin de las avaricias: la del poder por el poder.

No puedo enumerar todos los hechos que nos han traído hasta aquí; que me tienen escribiendo estas palabras para ustedes. Ustedes los conocen mejor que yo, porque son protagonistas. En este momento en que escribo, una parte de la ciudad en la que me encuentro se manifiesta haciendo ruidos intensos con sus cacerolas, pitos, cornetas, gritos. Ambulancias y disparos cruzan el mar de ruidos. Mientras tanto, quien está en la presidencia de la República sigue acusando a una parte del país, tachándola de vendida, de golpista, fascista y un largo etcétera, tan largo como lo que hemos tenido que oír en cada uno de todos los días juntos que han transcurrido en estos quince años. Mientras tanto, también, sólo las redes sociales por la Internet permiten a la ciudadanía enterarse de la otra realidad que está aconteciendo tras las parafernalias instaladas por la maquinaria gobiernera.

En este momento, sin embargo, quiero destacar cuatro clases de hechos adicionales a la inseguridad que desató los eventos sucedidos entre el 04 y el 16 del febrero que transcurre: primero, la represión violenta contra los protestantes, llegando al asesinato; segundo, la criminalización y detención violenta, indiscriminada y masiva de los protestantes, atentando contra derechos humanos y civiles; tercero, el silencio comunicacional casi absoluto y cuarto, la más grave de todas, las torturas de las que han sido víctimas las personas detenidas. Ante todos estos hechos, documentados por ustedes y por las organizaciones no gubernamentales que han dado su auxilio, el funcionariato gobiernero se presenta siempre como la más inocente de las víctimas, como indiscutible poseedor de toda verdad y razón, con la más abyecta negligencia. Lo que se ha vivido esta semana es sumamente doloroso para quienes han sido víctimas directas. Sumamente vergonzoso e indignante para todos los que habitamos este país.

Por todo esto he pensado mucho en ustedes. Creo comprender sus angustias, sus emociones, su espontaneidad y su necesidad de actuar. También sé, no me engaño, que allende todas las críticas que se les ha hecho a sus decisiones y acciones en estos días, ustedes tienen formas de organización y enfoques que yo desconozco. Sin embargo, los hechos se han vuelto mucho más complejos, difíciles.

Por eso me permito sugerirles no distraer su atención de los siguientes objetivos:

  1. En ningún caso, bajo ninguna circunstancia, debemos apelar a la violencia ni al enfrentamiento físico ni psicológico. Esto nos impone una disciplina espiritual muy exigente: ser los primeros promotores de la cultura de paz que el país requiere con urgencia.
  2. El devenir de los hechos impone una razón para sustentar la protesta, por encima de las originales: exigir justicia para aquellos ciudadanos que, en el curso de los hechos de estos días, han sido torturados y asesinados. Tanto en esta, como en las dos siguientes, los procedimientos han de ser constitucionales y legales, dirigidos inequívocamente a las instituciones y funcionarios responsables.
  3. Insistir en la segunda razón que surgió de los acontecimientos vividos: exigir la liberación inmediata y total de quienes han sido detenidos injustamente en los actos de protesta.
  4. Recuperar la razón original de las protestas de estos días: exigir todas las acciones y políticas necesarias que restauren un estado de plena seguridad personal y respeto por la vida y los derechos humanos en nuestra sociedad; incluyendo el mundo universitario.
  5. Comprender que las exigencias de los universitarios están en resonancia y requieren de articulación con todos los otros aspectos que aquejan la vida y las posibilidades de verdadero desarrollo de nuestra sociedad (la salud, la educación, la economía).


Paz, justicia, libertad, seguridad y desarrollo: cinco principios con los que los universitarios podemos inspirar y fortalecer las reivindicaciones que nuestros conciudadanos vienen haciendo desde la realidad de sus vidas.

Reitero que reconozco lo difícil que resulta, al punto de parecer casi imposible, someter a este régimen: su ambición de poder y su talante tiránico, lo han convertido en un animal sumamente peligroso. Mas las acciones de ustedes en esta dura semana le han quitado la careta: lo han expuesto como la dictadura militar comunista que realmente es.

Sin embargo, por favor, cuídense: ustedes no son “superhéroes”. Ya es hora de que nuestra sociedad deje de exaltar a los estudiantes como personajes mitológicos, con los cuales exculparse de indiferencias y apatías. Ustedes no deben protestar solos. Junto a ustedes están y deben hacerse más presentes aún otros actores de la sociedad civil, como los profesores. Sin duda alguna, en estos duros días, han recibido el loable apoyo de periodistas y abogados. Por eso, a pesar de que atravesamos un duelo por el horror que estamos viviendo, por la eficacia con que el régimen continúa inoculándonos desesperanza, al punto de sentir que este pasado 12 de febrero nuestro país murió un poco más; a pesar de todo eso, la voz de ustedes junto a periodistas, abogados y tantos otros actores de la sociedad civil que se unen en sus voces de protesta, también nuestro país puede entrever nobles y abiertos horizontes.

En todo caso, por favor, excúsenme tantas palabras. Les confieso que no tengo una idea más clara de cómo salir de esta trampa en que estamos metidos; cómo sobrevivir a este campo minado que estamos atravesando. Reconozco con vergüenza que siento mucho miedo. Ante ustedes, desde mi misión de profesor, sé que el hecho de que el miedo me paralice no me autoriza a nada. Al contrario, me inhabilita. 

Lo único que pareciera que tengo bastante claro es que en estos momentos no puedo decirles de ningún modo cómo actuar. En cambio sí puedo pedirles, rogarles, insistirles que se cuiden, que sean responsables, que actúen correctamente, siendo inteligentes, civiles, ciudadanos, pacíficos.

Me despido destacando que somos compañeros en esto de vivir en Venezuela, en este momento de este siglo, tratando de aprender una profesión hermosa.

Fraternales saludos.


h.

Caracas, 16 de febrero de 2014





















Fotografía de Adam Baum, 17.02.2014
pnoriegarq@gmail.com


1 comentario:

Alibel Rodríguez dijo...

Buenas noches. Excelente publicación. Le invito a sumarse a esta causa pues tiene puntos similares a los que usted explica :)

https://www.facebook.com/download/1469513866593308/Manifiesto%20del%20ciudadano%20indignado.docx