16 oct. 2012

En este país… ¿quién soy?


Creo que no soy una persona de posiciones políticas radicales. Tal vez diría que si soy radical en algo, desde un punto de vista del pensamiento, quizás lo sería en defensa de la Arquitectura como profesión, de la poesía como aliento vital, del ser universitario como espíritu y del ser ciudadano como moral. Con la advertencia de que ese “radicalismo” tiene su origen y fin en mí; es decir, no pretendo imponerlo ni extenderlo sobre nadie más.

Por ello, desde un punto de vista “filosófico”, diría que no puedo explicarme desde una única forma de pensamiento y vida, lo cual me convierte en un “ecléctico” cuando no en un monstruo malformado –aunque prefiero ser de esa clase de monstruos, en vez de aquellos que se presentan como “puros” y “purificadores”, a los que considero, además, muy peligrosos.

Todo ese preámbulo ha sido necesario para decir que por los resultados de las elecciones del 7 de octubre pasado, sentí un desgarro espiritual tan violento como inesperado. Y una de sus consecuencias ha sido preguntarme acerca de cuán radical he sido en lo político.

Uno no “espera” pisar en falso, doblarse un pie, caerse. Eso es algo que simplemente sucede. Pero, una vez que se atenúa relativamente el dolor del esguince, sumado a la siempre terrible vergüenza de la caída, uno puede reflexionar sobre lo sucedido y, por lo general, comienza a reconocer aquellas acciones que lo predeterminaban: uno no miraba el suelo donde pisaba o lo ignoraba –consiente o inconscientemente–, sobrestimaba las fuerzas propias, pretendíase ir a una velocidad en la que se perdería el control de la acotada realidad en la que uno cree comprenderse, subestimábanse las magnitudes de los obstáculos que se presentaban en el camino, etcétera. Un muy largo etcétera.

Aunque suene demasiado patético, ha sido realmente un desgarro espiritual. No es en otra parte que en lo que pueda comprenderse como espíritu donde se siente el dolor que la derrota electoral ha dejado a quien, como yo, se piensa adverso al actual –y ahora recién ratificado– gobierno. No es un dolor en alguna parte concreta del cuerpo, sino en la unión de mente y alma. Es un contraliento. La arista donde el espíritu puede plegarse súbitamente hacia una depresión, manifestada como ira, tristeza o evasión.

Por eso mismo fue violento. Negado ante lo posible, no cuidé mi espíritu ante el advenimiento de un hecho arrollador y, por demás, patente: desconozco mi país.

¿En qué país vivo? ¿De quiénes soy conciudadano? ¿Quiénes somos, socialmente hablando?

Todo lo que he creído saber es nada, ante la inmensa realidad que desconozco; sobre esas palabras que ahora me resuenan hueras desde la inefable oquedad de mi propia consciencia: país, patria, Venezuela, venezolanos.

He invertido una semana en tratar de vencerme; en tratar de no plegarme a la gárrula facilidad de situar fuera de mí la responsabilidad de lo acontecido, preguntándome ¿de qué manera he colaborado en la derrota? En esa misma medida, he estado fijándome tareas y metas. La primordial: escribir.

Si bien lo que yo pueda aportar por este medio no ha de ser mayor a una partícula de tiza, a un gránulo de arena, cuanto más, al tamaño de un diminuto pedrúsculo; este ha de intentar ser propicio, adecuado, deseablemente fértil y beneficioso para una construcción colaborativa.

Desde lo que siento es mi deber como padre y profesor, escribo para revisar mis pensamientos, despojarlos de lo infértil, registrarlos en su exacta falencia, acotarlos en la inconmensurabilidad de su insuficiencia. Porque pienso que lo que creo al pensar no es verdad, aunque discurra en ello con la vehemencia de quien la necesita para existir.

Como siempre, me abstraigo hasta casi precipitarme en una especie de ostracismo respecto a la vida real.

En términos más concretos, al sentir que desconozco mi país, necesito dilucidar en qué sentido y medida puedo afirmar tal cosa. Ante la cantidad de conciudadanos que han escogido un proyecto político respecto del cual me considero adverso, me pregunto qué aprecian ellos que yo aún no y, en consecuencia cómo podría juzgar cuánta razón hay en una y otra perspectiva. Por último, cómo creo que pienso a la ciudad y a la Arquitectura a través de esas reflexiones.

No sé hasta dónde me llevarán estas anotaciones, pero me encuentro en la necesidad y en el deber de intentarlas. Serán, en suma, una extraña forma de crónica hecha desde fragmentos disconjuntos; desde las vivencias de un Asterión que escucha el chirriar de espadas contra las paredes del laberinto en el cual cree comprenderse y se demora.

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