21 jul. 2011

Nostalgia y Vinotinto

I
El domingo que recién pasó será inolvidable: esa noche nuestra selección de fúbol, la Vinotinto, llegó a las finales de una Copa América, luego de veintitantos años de trabajo persistente, empeño, superación de dificultades y fracasos y, sobretodo, quizás lo que más relumbra a mis ojos, confianza en sí mismos.
No sé si será cierto lo que digo, pero lo que yo podía ver en el campo de juego, lo que vi en el rostro de los muchachos entrevistados y en la mirada de Farías, era confianza en sí mismos.
Esa sensación debe ser algo prodigioso. Debe ser hermoso no sentirse amenazado; no sentir la necesidad de amenazar a nadie; exigir el respeto de sí y para sí, que a fuerza de trabajo y empeño se ha ido construyendo; sentir la conciencia clara por el deber cumplido y la labor bien hecha. Por el fraternal espíritu y la mano amable.
Esa noche sentí una alegría intensa, fruto de una confianza que recibía de todas esas personas que encarnaban una pequeña, pero simbólicamente inmensa, sociedad; hecha por esos once hombres que se empeñaban, en el espacio de su labor, cumplir sus metas. Y lo hacían con la confianza y el apoyo que otras tantas personas, ocultas a nuestra vista, estaban ahí para ayudarles, acompañarles, apuntalar en los hombros de todos, el de ellos, los visibles, y el de los otros, los invisibles, una gloria íntima, el triunfo que se obtiene de saber que se ha superado la más difícil de todas las pruebas: la falta de fe en uno mismo.
El prodigio de ese instante fue de tal magnitud, que en muchísimos paisajes de este país nuestro, de las adoloridas calles de todas nuestras ciudades, se alzaron una miríada de brazos al cielo ofreciendo una alegría. Esos hombres eran nuestra sangre viva y expuesta sobre el espacio de la esperanza y todos lo supimos, todos lo anhelamos.

II
Esa misma noche del domingo mis excompañeros de bachillerato posaban en un solo grupo frente a cámaras de familiares, de amigos y de ellos mismos, para reconstruir en sus sonrisas, en sus miradas de siempre, dos nostalgias:
La primera, la vivida, la que los llevó hasta ese jardín en que se retrataban. La otra, la que comenzó a vivirse desde ese domingo del reencuentro con nosotros mismos; la que hemos comenzado a conversar, aún desde la lejanía y el silencio.
Digo el reencuentro con nosotros mismos porque, aunque yo decidí no ir, sin estar ahí estuve. He estado a través de las fotografías, de los amables comentarios que todos los que posaron en la foto, en ese jardín, en esa noche vinotinto, todos ellos, dicen. Se dicen.
Y esa noche supe que sin recordarlo siempre he estado ahí, en esa foto que no se olvida. Esa foto que, como el espejo de Alicia –o el de Matrix, es el mismo– se deja atravesar y me arrojó de nuevo a los corredores del Colegio La Salle en Tienda Honda. Reviví el olor de los salones recién abiertos, la luz de la mañana y la brisa entrando por el gran atrio abierto al patio. Escuché de nuevo el bullicio de los recreos, de nuestros recreos; las voces de las profesoras, de los profesores, de los Hermanos. David, siempre dibujando. Volví a ver sentados en las escaleras a mis compañeros y compañeras, hablando de quién sabe qué, pero hablando, serenos, con un mundo pleno y oloroso a vida, a ceiba, a domingo de recuerdos.
Los vi en la foto, reunidos, y sentí miedo. El mismo miedo que sentí en cada uno de esos días del bachillerato. Un miedo hecho de puños y desamores; de rabias y desilusiones. Un miedo indescriptible que hace tiempo no me subía por la cerviz.
¿Cómo es posible que esa imagen me haya volcado hacia esas sensaciones que ya ni siquiera recordaba? El tiempo vivido se recupera aunque uno lo dé por perdido, porque el alma de uno está hecha de cada uno de todos los días que hemos vivido, aunque seamos incapaces de explicarlo, decirlo, nombrarlo.
Porque ese tiempo está en las miradas de todos los que volvemos a ver, luego de tantos y tantos años de no saber el uno del otro. Y la voz está allí y la sensación a día y a hola. Porque los pequeños pliegues de nuestros rostros, los cabellos blancos, las manos con alianzas, no son suficientes para que no volviese a las tardes de física y matemáticas en la mesa de un apartamento en Crucecita, a las caminatas por las calles de Altagracia, por las Fuerzas Armadas, a un cumpleaños en Cotiza y a ver quién resistía caminar desde el Parque del Este hasta la Candelaria, luego de haber pasado toda la mañana del domingo jugando básquet y creyendo que algún día, algún día, la tomaré de su mano y le diré, y entonces me dirá, y ya, y un beso, y más nunca.
El miedo es un paisaje que tengo en el corazón y ante ese paisaje, posamos todos, felices, recordándonos y abrazándonos y perdonándonos y alegrándonos de haber venido, de haber estado ahí, al menos, una vez en nuestras vidas, porque así es la gratitud: un acto de alegría y pudor, porque nuestros abrazos nos salvan y la fe es la que sembramos en cada uno de nosotros, en una mañana de convivencia, escuchando al padre Andrés, en Los Venados, en Cabo Verde, en Borburata.
Le temo a la nostalgia y al miedo de temerle.
Pero no dudo, tomo un sorbo de alegría y sonrío también, ante esa cámara que no me ve, que no me aguarda.

III
Mas no hay sigilos, sólo voces que se abrazan.
La felicidad, a veces, vestida de victoria, a veces, de reencuentros, se nos muestra durante un instante para que renovemos nuestra fe en nosotros mismos y continuemos empecinados en el cumplimiento de nuestras labores; aun cuando no hayan premios inmediatos, no percibamos sino sólo ruidos, lejuras;  incluso cuando sucedan amagos de injusticias, desalientos y temores.
La perseverancia es un horizonte y el recuerdo una sonrisa.
La perseverancia y la fe en que unidos, respetándonos y apreciándonos, cada quien cumpliendo esmeradamente su deber, ofreciendo bien, sí puede, sí recordará la luz que le habita en el pecho y que le alienta. Porque Dios está en el aire y su roce nos reanima, nos reencuentra y nos salva.
Sí se puede.
Digan Vinotinto... La Salle...
Sonrían…

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