29 jul. 2010

Filosofía en los días críticos: pensamiento cíclico Nº 116

     Hay como una pesadez que inclina el cuerpo hacia su origen que siempre es abajo, como el del árbol. Una gravedad que insiste, cíclicamente, tenazmente, en hacer corresponder el cielo salvaje del espíritu con la tierra a la que pertenece. En mi vientre, cada mes, la misma garra me hace retroceder al tiempo de todas las gestaciones. Es mi sangre, el pasado de mis hijos y el porvenir de los dioses: de barro los pies, de sangre la génesis. Dios, de haber existido, nunca hubiese sido macho; de haberlo sido hubiese engendrado tan sólo en lo invisible, la pura nada. Mi cuerpo, grávido, describe la circunferencia de los siglos: en cada luna inicia el recorrido de su propio nacimiento. Nacer: siento en mi sangre el clamor amurallado del primer «¡No!», el inicial rechazo a la embestida de la vida, el primer infortunio, la forzada voluntad apenas improvisada. Y luego, la repetición, la gran impostura del «¡Sí!», el préstamo que se otorga en la carne; la manera, tan injusta, de negar aquello que se afirma en el hijo.
     Cada veintiocho días me siento, cielo abajo, piernas adentro, tan habitada, tan ocupada por ese ser que siento tan otra y es, no obstante, la que más me frecuenta, la que dicta mis pasos en orden al sentir, la que se dirige a mi voluntad más imperiosa, más necesitada, más desesperadamente codiciosa en la ternura, la que me invita a ser esa otra que me tiene cada vez más emboscada, en alerta siempre, roja alerta que deja, intenso, su rastro de materia desprendida sobre lo que voy siendo.
     Tan habitada me siento que no sé si hablo desde adentro de la sangre en tumulto, ni quién observa a la otra, ni qué otra soy yo.
     Repito el espeso clamor de la vida tras una membrana opaca. ¿Será como un ahogo el respirar?


Chantal Maillard

(Tomado de: Filosofía en los días críticos. Diarios. 1996-1998, Valencia: Pre-Textos. 1ª, 2001; p. 82-83.)

1 comentario:

Andrea dijo...

Que fuerza tiene describiendo algo tan mundano.

Gracias