22 jun. 2010

Escucho a John Coltrane

Escucho a John Coltrane pensando
que cierto jazz limita con la muerte
y lo que ella oraculiza
sus acordes ontológicos, jadean el sentido
del cuerpo que lo oye viviéndose rítmica
dulzura urgente, melodía visceral, disonancia
en vértigo, lúcido fraseo coagulado,
dinámica espiral donde lo armónico
asciende bajo la forma de orgiástica estructura.

El sentido del cuerpo: metafísica ecuación
cuya incógnita el jazz sabe resolver,
a través de su propia álgebra caliente,
superior matemática del elemental sonido
numerado en cadencias que lo elevan
a una complejidad enigmática
ante todo física, sensible: descifrar
este sonoro enigma estético
soluciona el de mi carne: porosa
masa orgánica devolviéndose, por él,
a su duración atónita, a sus latidos esenciales,
al paroxismo que anhela ocultamente
y a la terquedad de su dicha encarada al sufrimiento,
la cual suena, redentora, en ese tono
álgido, purísimo del saxo, soplado
por un aire capaz de inventar celebraciones.

El sentido del cuerpo: el jazz lo sabe
porque frasea el idioma corporal.
Cadenciándolo, cifra tal sentido, lo atesora
en sus abstracciones auditivas, las cuales
–esto es milagro sutil, prodigio lato–
no por ser abstractas dejan de ser carne,
dialecto sensorial de su materia y para ella
en esta noche, escuchando a John
el más profundo para-qué del cuerpo se me confiesa íntegro,
durante la afilada hora adonde entro
a la búsqueda de tantos sudorosos acordes
gozándome, y también agonizándome,
hallando en mi intensa vibración corpórea,
eco preciso de esos difíciles acordes,
aquel deseo que ha olvidado ya cómo se llama
pero cuyo objeto desovilla la compleja exactitud
del saxo: deseo recibido por la muerte
como el carnal mensaje a transmitir
a esa adivina sin máscaras, desnuda:
su nombre es cuerpo resurrecto
y contiene la promesa de no existirse accidental,
sino a la misma altura del espíritu.

Este es el sentido que el jazz identifica
abstrayéndolo de mis entrañas al vivir
dentro de ellas el deseo y la promesa.


Armando Rojas Guardia


(Tomado de: Nueve poetas en góndola, Caracas: Editorial Pequeña Venecia. 1ª, 1997; CD-ROM, p.7.)

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