9 oct. 2007

Una mañana en Nueva York


Caminaba Nueva York por primera vez en mi vida. Todo se elevaba al cielo, todo se alzaba y crecía. Es una ciudad que lo hace sentir a uno muy digno porque pareciera que jamás pide bajar la cabeza ante ella. De pronto me encontré allí, ya no mirando al cielo, sino en medio de él. Descubrí la Gran Estación Central, su bóveda altísima, coloreada de azul y cursilísima con una miríada de estrellitas. Maravillosa. La gente iba y venía, el mundo giraba y yo con él. Recordé la película en la que Robin Williams baila buscando el amor y el santo grial en Nueva York. No sé cuánto tiempo estuve allí girando y mirando alrededor de todo, sintiendo que estaba sumergido en la plenitud del vivir.

2 comentarios:

un tordo dijo...

H. a mí New Kork me ha dado cada vez su fruta dulce, amarga, descollante, el pleno sabor del desconcierto. Ahí en la Grand Central Station me comí unas ostras y bebí cerveza irlandesa en un restaurant maravilloso dentro de la misma estación. En New York viví el vértigo y el tiempo detenido, leo tu nota luminosa y me instalo nuevamente en el paréntesis del viaje. gracias
Ele.

dedalus dijo...

Querida L:

Cuando, luego de caminar varias calles de una gran ciudad, se recibe una ráfaga de viento, es casi instintivo abrir los brazos y agradecer, sin palabras, ese mínimo beneficio que nos otorga el paisaje, sea nuestro o no.

Tus palabras en esta nota son como esa breve, mas amable, ráfaga, que me recuerda y te recuerda.

Un gran abrazo amiga.