20 oct. 2007

Soy caraqueño

Soy un efímero y, absolutamente, prescindible ciudadano de un paisaje que a muy duras penas alcanza el apelativo de urbano, si nos atenemos a considerarlo por la extensión de sus trazas, la cantidad de superficies edificadas –a veces bien, muchas mal, siempre insuficientes– y la numerosidad de personas que se trajinan y malconviven. Reja tras reja tras reja nos apresamos en nuestros miedos, sobretodo en el miedo mutuo de ser víctimas de la manada de fieras en la que día a día nos vamos convirtiendo. Las aceras son lugares que aún no hemos aprendido a construir. Toda calle es amenaza y las plazas ¡ay! antros de ostracismo, batallas y dolor. A pesar de todo, soy ciudadano, pues creo fervorosamente en la conversación, en el saludo que amaina la soledad del ascensor, en la respuesta que desea ser amable y certera para ayudar al que se siente perdido, en la mano que ayuda a levantarse al que cae y en la sagrada pulcritud del paso de peatones. Soy ciudadano, a pesar de todo lo que intentan los politiqueros y las politiqueras de opereta y farol, pues miro a los ojos cuando hablo y cuido religiosamente mis palabras. Soy ciudadano porque no robo, salvo, ocasionalmente, un beso. Soy ciudadano, a pesar de mí mismo, en Caracas, pues siento un profundo respeto por la muerte, quien camina a diario por aquí y es quizás la única vecina perfecta, pues cumple puntualmente con sus deberes y respeta nuestro inviolable derecho a vivir en paz.

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