20 jun. 2007

La política: en lo personal, académico y profesional

Hay días en los que siento miedo de vivir.

Es un miedo aparentemente injustificado, irracional, imposible de explicarlo y, por tanto, difícil de contener.

Es un gran peso en los hombros, un dolor agudo en la espalda, un ardor continuo en el plexo solar.

En esos días me cuesta abrir los ojos, escuchar, moverme. Porque siento pánico. Un pánico terroso y amargo, de otras miradas, otras voces, del roce de otros cuerpos que por accidente o amor me alcancen.

Hay días en los que siento un estúpido miedo de vivir.

Lo más duro es erguirme y recibir la mañana que se inicia esté yo dispuesto a ella o no.

¿Cómo encarar entonces esa vacua sensación ante los ojos abiertos de mi hijo? ¿Cómo esconderla de él? ¿Cómo impedir que le contagie? ¿Cómo no transmitírsela a mi esposa que, con exactitud, prepara el bulto y el desayuno de él, su ropa, nos acompaña en la tarea matutina de desvestirnos la noche?

¿Cómo pararme frente a los estudiantes que acompaño y decirles “hoy tengo miedo de vivir”, “hoy no puedo”, “hoy fracaso”?

¿Cómo decirlo cuando la profesión que he elegido es otra forma de pensar la idea de “futuro”? ¿Cómo, si se supone que al profesar decido mostrar y demostrar, con fe y labor, que es posible producir aquello que contemplo y predico, aquello que anhelo, intento y practico?

Hay días en los que al trabajo natural de vivir se impone el miedo de no saber vivir, de no ser digno, de fracasar, de no honrar la vida que me dieron, la que he de hacer, la que di y la que tal vez aún pueda ofrecer.

Cuido muchos mis palabras. Juro que lo intento. Lo hago con la conciencia de la gravedad y permanencia que cada ladrillo puede otorgarle a una pared bien hecha. Cuido el orden, tornado estructura, como testimonio de todo el pensamiento que produce, toda la tradición que alienta, todo el bienestar que se anhela. Cuido, en fin, la forma, como si fuese el alma del cuerpo fabricado con rocas y sombras bajo la luz.

Por eso creo que sé cuán difícil y terrible es derrumbar una pared que ya ha sido levantada. Cuán bien justificada ha de estar la implosión de un edificio. Cuánto debemos conocer de las amenazas que exigen evacuar una ciudad o sembrarlas de refugios.

Por eso sé que hoy vivimos en dictadura.

No es la dictadura “heroica” de los años 50, ni la rural de la década de los 20. Es, como siempre entre nosotros, una dictadura de caudillo militar premoderno, aunque tan moderna no sea la suya. Dictador, dice un diccionario de política, era a quien los cónsules romanos nombraban, con la venia del senado, para conducir una guerra o solucionar crisis internas y para ello se le otorgaban amplísimos poderes: ejercía el pleno mando militar, los cónsules le estaban subordinados, sus actos no estaban sometidos a la intercesión de los tribunos, gozaba del privilegio de “juicio por mandato” y por ello, durante su cargo, sus decretos tenían fuerza de ley, contra sus sentencias penales el ciudadano no podía apelar. Dictador es ahora quien cumple estas tres características de la dictadura moderna: uno, concentración e ilimitabilidad del poder; dos, condiciones políticas ambientales fundadas en el principio de soberanía popular y tres, la precariedad de las reglas de sucesión del poder.

Por eso sé que poco sé de política.

Así como poética refiere al saber hacer poesía (o arte, según se aprecie); política habría de ser, para nosotros, sin duda alguna, saber hacer ciudad, ciudades, paisajes y país.

Mas aún permanecemos en la prehistoria política: esa que sólo se entiende como el arrebato del poder por el poder. Así, esa política desconoce al ser humano y sus derechos, pues este sólo es vehículo para sus fines; tiene como instrumento la violencia armada y la amenaza perenne, porque desconoce la conversación y el disentimiento. Hacer política, aún en Venezuela, es detentar y ostentar poder; su conocimiento comienza con la definición de los enemigos y su metodología es la aniquilación del otro a través de la guerra, el asesinato cínicamente justificado. No hay parlamento, sólo armas; no hay acuerdos, sólo sometimiento; la justicia no es una balanza sino un fusil; no hay unión sólo un único y obligado partido: el de la muerte del contrario. Esta es la política que saben hacer los militares, o los que sueñan románticamente con el guerrillero venido de allende las pampas. Es también la política del mal ciudadano, la del civil que se traiciona a sí mismo; la del demócrata de cartón, la del republicano ebrio de megalomanías y la del socialista que escribe sesudas justificaciones al otro lado del atlántico, masticando emmenthal y libando cabernet sauvignon.

Saber hacer ciudades es saber cultivar convivencias que construyen tradiciones y producen futuros que alientan y protegen la vida humana, sobre un suelo compartido y siendo solidarios con nuestro humano devenir hecho de breves alegrías, miedos y dramas y comedias.

Saber hacer política es saber indultar, disculpar, excusar o, si se cree posible, perdonar. Es saber conversar, construir versiones comunes, versiones que nos unen, que nos unan, que nos reconcilien. Es ver más aquello que nos cruza que lo que nos aleja. Es respetar, practicar el respeto como un rito sagrado de la existencia. Saber hacer política es saber imaginar en colectivo una sociedad en la que podamos mantener la esperanza de ser felices y lograr ser felices en algún momento.

Saber hacer política es saber hacer ciudades, aunque en días de miedo nos detengamos a respirar y entre tanto, recordemos alguna canción que nos salve de nosotros mismos, como esta de Eugenio que agradezco me permitan compartir con ustedes ahora: creo en la vida.



(Foro convocado por el profesor Gianni Napolitano en colaboración con el movimiento estudiantil de la FAU-UCV, el día 18 de junio de 2007, en el auditorio “Carlos Raúl Villanueva”, 7:00 p.m. En el panel: Prof. Miguel Acosta, Prof. Juan Vicente Pantin y mi persona.)

4 comentarios:

Jacqueline dijo...

Te felicito Hernán, de corazón, disfruté mucho leerlo tanto por su profundo contenido en el que todos en algún momento nos hemos visto reflejados sino también por la bella forma en la que está escrito,
Un beso y un abrazo,
Jacky

dedalus dijo...

Gracias...

Enrique Larrañaga dijo...

Gracias, Hernán, por recordarnos que el miedo es la forma verdaderamente decidida de la valentía, la que sabe vivir y por eso no quiere morir para hacer siempre que la vida venza. Patria, pluralismo y vida! Hasta la ciudadanía siempre! Venceremos!
Un inmenso abrazo a los tres
EL

avella dijo...

Hernán, me llegaron muchísimo tus palabras. Lo que escribes y cómo lo escribes. Desde hace un tiempo siento ese miedo todos los días, y tus palabras me llegaron hasta los huesos. Un abrazo y felicitaciones.

Ricardo