17 feb. 2006

Sobre política

La política debería ser esa actividad por la cual colaboramos voluntariamente en la construcción de bienestar público y proyectos de vida colectiva.

Tal vez política no debería tener nada que ver con gobernar. Deberían ser antítesis. Gobernar es mandar (en ocasiones con autoridad, la más de las veces con autoritarismo), regir, dirigir. Supone, con mucho, coaccionar para que quienes sean gobernados atiendan los designios del mandato. El concepto de gobierno lleva implícita la subordinación de alguien o de un grupo humano respecto a aquel o aquellos que detentan el poder para gobernar. El concepto de gobierno no lleva implícito una relación recíproca con el que es gobernado, al contrario, es unívoca: el gobierno manda, los gobernados obedecen. Pero, ¿es posible seguir hablando de gobierno cuando quienes son gobernados, por principio, conservan el poder sobre su propio destino, ejercen su voluntad, son agentes activos de la historia y de su temporalidad? El caudillo, el cacique, el comandante, el presidente o el jefe son roles sociales que suponen la enajenación del ser de los otros a su alrededor. El poder envilece al ser, porque no requiere razonar. La política culta es la que desarrolla la capacidad humana de negociar, apoyándose en el concepto de justicia, el cual, sólo es concebible desde la unión de sabiduría y bondad, vale decir, unas elevadas formas de pensamiento y pasión. En esto reside el respeto y este concepto es, precisamente, el que ha desaparecido hoy por hoy de todos nuestros discursos.

Tal vez ha sido un error suponer que el concepto de gobierno tiene vigencia porque en ese ejercicio de voluntad, del poder en sí mismos, se encuentra la convicción del apego y la búsqueda de la justicia, el sometimiento a unas normas que describen, facilitan, regulan y coordinan la convivencia de aquellos que se autodenominan ciudadanos, es decir, se reúnen en un mismo lugar y tiempo, viven en y son creadores de una cultura.

¿Cabe comprensión alguna para el concepto de gobierno aún cuando se autodenomine democrático si, al menos, uno de los ciudadanos es víctima de sus mandatos? ¿No son los presos políticos una expresión indiscutible de esto? La democracia sustentada en un ejercicio meramente cuantitativo está muy lejos aún de ser un sistema digno de la humanidad moderna. Reducir una decisión a o no, o a términos de pura cantidad no apunta al meollo de los asuntos que deben ser debatidos y atendidos en un Estado. La cuantificación aquí es un vestigio de las antiguas batallas, es un juego de guerra: hay un vencedor y un vencido; el vencedor siempre se ha de sentir omnipotente y el vencido humillado. Y es en estos términos que en la actualidad se proyecta el país.

La sociedad moderna se concibe como una infinita urdimbre de diferencias y desde ellas y por ellas adquiere toda su vitalidad. Gobernar o vencer no tienen cabida en una sociedad así, porque una sociedad construida con todos y cada uno de sus ciudadanos piensa imprescindibles a todos y cada uno de sus ciudadanos: de la voz de todos y de cada uno de ellos proviene su realidad, uno solo de ellos que sea silenciado de manera tajante o violenta supone una pérdida del concepto de ciudadanía, de convivencia y del derecho inalienable de cada ser a existir como sus posibilidades le permitan y su conciencia le dicte.

La democracia moderna aún no existe y, tal vez, estemos muy lejos de ella aún como especie. Muy probablemente ni siquiera pueda nombrarse de ese modo arcaico. Si la política no es el ejercicio del poder, sino la voluntad humana de hacer ciudad, cosmos de convivencia entre diferentes, el camino arduo y aún quimérico de una política moderna conduce a una sociedad altamente sofisticada en sus redes de comunicación, en distintas y muy numerosas organizaciones sociales entrelazadas, interconectadas, reconocidas y respetadas. Una sociedad en la que cada acción colectiva no supone el silencio de nadie ni el menoscabo de derecho alguno. Es una sociedad fundada en el concepto de líder, líderes o liderazgo, entendido como una cualidad proteiforme, alternada, temporal, posible de emerger en cada uno de los miembros de dicha sociedad. Conceptos que no le aportan derechos exclusivos ni privilegios a quien o quienes cumplan dicho rol. Al contrario, les imponen una carga superior de deberes que la sociedad en pleno tiene el derecho irrenunciable de exigir.

La acción de un Estado no ha de cumplirse por vía de un gobierno, por cuanto este concepto, como ya dije, supone la negación de alguna parte de la sociedad gobernada. El Estado es una de las expresiones (sin duda primordial) de la realización cultural de una sociedad, es decir, la cultura es una realidad supraestatal de toda sociedad: porque un grupo de seres humanos ejerce su libre voluntad de convivir en un lugar y tiempo determinado de este planeta acontece una realidad social, luego una cultural y, a través de ellas, la concepción de un Estado, esto es: nuestro reconocimiento mutuo de quiénes somos, qué hacemos, dónde estamos, cuándo nos encontramos y cómo hemos decidido compartir nuestro vivir.

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