1 feb. 2006

Plaza de la Poesía de Caracas

Retorno a este cuaderno luego de dos semanas de intenso trabajo, en el que me ocupé para la entrega final de una labor que comenzó como otro requisito académico y se transformó luego en algo que siento me estaba haciendo mucha falta: una utopía.

Por circunstancias personales recorro la ciudad preguntándome con angustia ¿qué hace un arquitecto en Caracas? ¿qué puede hacer un arquitecto en un país donde la improvisación es el método, la imprevisión la norma y pensar, una actividad que cae cada día más en descrédito? Sé que no soy el único que siente desesperanza y se refleja como habitante de un territorio en el que el verbo proyectar es casi un vocablo en desuso. ¿Quién hoy en Venezuela puede “proyectar” su vida más allá de las veinticuatro horas de un día? Por supuesto, esa pregunta no incluye a quienes ejercen los poderes públicos en nuestra sociedad. De las veleidades de sus antojos y ocurrencias pareciera que últimamente se va haciendo lamentablemente nuestro devenir.

El caso es que logré durante estos días superar esas sensaciones y, liberándome de la condicionante del “encargo” que todo arquitecto espera le haga un cliente-mecenas, escogí un sitio en la Av. Libertador y comencé a imaginar una utopía de la cual me siento muy feliz.

Esto está referido a una nota que hice el pasado 15/12/05 con el título Apreciaría mucho su opinión. Sólo recibí tres respuestas: dos que manifestaban su confianza en mí y que estaban seguras de que lo que propusiera sería una buena idea para la ciudad (cosa que agradezco) y una tercera que me respondió muy sinceramente: “no supe qué decirte, esa fotografía que incluiste no me inspiró nada”. Esta aparente falta de sugerencia, fue una sugerencia en sí. Yo dudaba de que tuviese algún mínimo sentido atreverme a proponer una Plaza de la Poesía de Caracas; pero la falta de inspiración de quien me ofreció ese comentario me ayudó a creer un poco más en la posibilidad de la propuesta. El oficio del arquitecto consiste en ayudar a imaginar lugares buenos para vivir, allí donde nadie más parece poder imaginarlos.

Escogí una parcela –en la avenida Libertador– que podría parecer una hoja en blanco, aunque no del todo. En ella suceden muchas cosas: es actualmente un estacionamiento; el año pasado fue ocupada con un circo de delfines y focas; casi todos los diciembres ponen allí ventas de pinos para la navidad. En su entorno encuentro edificaciones de distintos momentos de la historia de la ciudad; a uno de sus costados, durante la noche, aparecen y desaparecen transformistas y personajes que inspiran compasión y terror. En fin, hay allí, en ese sitio y en su derredor, un intenso universo y no menores ausencias.

Siempre ha llamado mi atención el hecho de que siendo la avenida Libertador una vía de suma importancia para la ciudad, en escala y tránsito vehicular, me provoca muy poco caminar por ella. Siempre he tratado de evitarla. Sólo la recorro en automóvil. Para este trabajo me obligué a hacer varios recorridos peatonalmente y se ha acrecentado la admiración que ya sentía por este espacio público de Caracas. Mas, en cuanto al problema que percibía debo decir que lo explico desde dos razones: la primera tiene que ver con el tratamiento de los linderos de frente, caracterizados por todo tipo de rejas y cierres que separan el espacio público del privado, lo cual refuerza la ya arquitectónica separación que se producía por el hecho de que todas las plantas bajas de las edificaciones parecieran estar cerca de un 1,20 m por encima del nivel de las aceras; quedando en definitiva una relativamente estrecha acera para caminar, mal ocupada por árboles, letreros, quioscos y vendedores ambulantes. La segunda razón que me hace pensar en porqué la avenida Libertador es tan desagradable peatonalmente la refiero al problema de la inseguridad personal y la percepción de deterioro del estado físico actual de la avenida. Me explico, el alumbrado que ha realizado recientemente la Alcaldía del municipio Chacao en el tramo oeste de la avenida que está en su territorio (que es continuación de los trabajos de remodelación de la avenida Francisco de Miranda) produce en uno la sensación de estar transitando por un buen espacio de la ciudad: se ve todo claro, las cosas resaltan, los colores brillan, en fin, se produce una placentera vivencia al recorrerla. Porque la luz espanta al miedo, aunque los riesgos sigan allí. El caso es que en la Libertador predomina la oscuridad, una iluminación apenas suficiente para medio ver por dónde se transita. La iluminación de la trinchera de la Libertador incluso favorece a las edificaciones cercanas, se destacan a la vista durante la noche (espero que los habitantes de esas residencias no se sientan afectados). De resto, la suciedad y el abandono campean en tan importante lugar urbano.

Está claro que hice los recorridos premeditadamente: buscaba un sitio para un proyecto. Como habitante del sector lamento no poder vivir mejor mi ciudad: superado el miedo y la decepción, lo cierto es que no hay espacios públicos dignos y abiertos para el pleno disfrute en todo momento; salvo la plaza Arévalo González de Las Delicias y un parquecito infantil que está en la esquina oeste del cruce entre la Libertador con la avenida Santos Erminy, pero que permanece cerrado y se abre ocasionalmente los fines de semana. Algunas plazuelas son más residuos espaciales de la operación urbana que generó a la avenida, que espacios meditadamente concebidos. Como residuos, están en el más completo abandono y tomadas por indigentes. El colmo de esta situación la veo en las edificaciones de PDVSA: enrejó las áreas verdes para que no sean ocupadas libremente por quien sea, incluyendo por supuesto a los mendigos. La empresa más pública del país no ofrece espacio público a la ciudad, ni siquiera los mendrugos de unas áreas verdes en las que nadie en su sano juicio puede hallar bienestar.

Respecto a la posibilidad de proyectar la Plaza de la Poesía de Caracas pienso ¿qué otra cosa merece hoy día el reconocimiento de un espacio que pueda permitirnos un reencuentro? La poesía es producción pura, en libertad y con profundo respeto por la existencia humana. En eso consiste la revelación que la poesía, en cualquiera de sus manifestaciones, nos permite vivir. Por supuesto, ese reencuentro sólo es posible si libertad, respeto y construcción civilizada son los vocablos que orientan todos los discursos y las acciones.

Actualmente existen en Caracas organizaciones y fundaciones cuyo motivo de existencia tiene su origen en la poesía escrita. Y aunque quienes las integran habitan lugares que les son otorgados para funcionar institucionalmente, tal vez ninguna de esas instituciones es un lugar propio para habitar en la poesía. Por ejemplo, la Casa de la Poesía “Pérez Bonalde” funcionaba (no sé si aún sea así) administrativamente en unas oficinas del CELARG, se relacionaba institucionalmente con el Departamento de Literatura del CONAC en las Torres del Silencio y con la Casa de las Letras “Andrés Bello” que se halla en un anexo del Ministerio de Educación y etcétera, y ha programado sus eventos en el Centro Cultural Corp-Group de la urbanización La Castellana. Tal vez nada de esto sea un problema en sí –los venezolanos nos adaptamos, a veces demasiado bien, a las realidades que se nos imponen. Mas el oficio del arquitecto consiste en ejercer la utopía, desde la fe de que es posible imaginar y crear un lugar para cada cosa y reconocer a cada cosa en su lugar (¿quién dijo eso?). Ojalá algún día en Caracas podamos contar con espacios como la Casa de Poesía “José Asunción Silva” que se encuentra en el hermoso barrio La Candelaria de la ciudad de Bogotá. No se trata sólo de adaptar una antigua casa para que contemporáneamente sea usada como otra cosa, sino que se logre hacer de ese lugar una estancia poética y en ello, justamente, el quehacer del arquitecto participa.

La idea pasa por concebir una organización con capacidad de autogestionarse a futuro. Tal vez el Estado, a través del Municipio invierte en un conjunto de espacios públicos y espacios rentales que habrán de darle a la organización tal capacidad. En lugar de subsidios anuales, compra de conciencias y voluntades periódicamente, se hace una sola inversión inicial para que la organización cultural se mantenga posteriormente. Además, la idea también consideraría que la sede inicial no se convierte en un órgano centralizado de nada, sino en el primer espacio público de una red de espacios similares que se van abriendo por toda la ciudad cuyo fin es celebrar y promover el cultivo de buenos lectores. No ha de ser una biblioteca ni un museo, ni una casa de la cultura ni nada que tienda a convertirse en un espacio con rejas ni horizontes cerrados.

Un amigo, el arquitecto Enrique Larrañaga hace algunos años en las páginas de arquitectura del extinto diario Economía Hoy titulaba un artículo como “autistas ilustrados”, para reclamarnos a muchos arquitectos nuestro aparente “ensimismamiento” y enajenación de una realidad que nos dejaba como actores sociales sin ninguna importancia en el acontecer político contemporáneo del país. Pues bien, creo que tal encierro es necesario –sobre todo en la actualidad– para lograr ser lo más justo posible con los aportes que uno pueda dar a un debate al que se debe colaborar y cuidar con celo para que eleve cada vez más su nivel de civilidad, de responsabilidad técnica y de conciencia política –no politiquera, con resabios autoritaristas. Puedo decir lo que pienso políticamente mostrando la imagen de la ciudad que desearía pudiésemos habitar quienes nos encontramos en este, después de todo, pequeñísimo valle.

Haré unas nuevas notas para ampliar más estos tema. Por ahora me quedo pensando en un fragmento del Libro del desasosiego de Fernando Soares, que refleja como sarcasmo mi afirmación de que “he imaginado una utopía”, al considerar por mi parte casi como un imposible algo que debería ser absolutamente factible de realizar en nuestro país:

“Me da más pena de los que sueñan lo probable, lo legítimo y lo próximo, que
de los que devanean sobre lo lejano y lo extraño. Los que sueñan en grande, o
están locos y creen en lo que sueñan y son felices, o son devaneadores sencillos,
para quienes el devaneo es una música del alma que los arrulla sin decirles
nada. Pero el que sueña lo posible tiene la posibilidad real de la verdadera
desilusión. No puede pesarme mucho el haber dejado de ser emperador romano, pero puede dolerme el no haberle hablado nunca a la costurera que, hacia las nueve, dobla la esquina siempre de la derecha. El sueño que nos promete lo imposible ya nos priva con eso de ello, pero el sueño que nos promete lo posible se entromete en la propia vida y delega en ella su solución. Uno vive exclusivo e
independiente; el otro, sometido a las contingencias del acontecer”.

Pessoa, Fernando (1930) Libro del desasosiego. Barcelona: Seix Barral, 16ª, 1996 (1984). Nº 41, p.57



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