18 feb. 2006

Entre Munich y las caricaturas, precarias nuestras convivencias

Anoche vi la última película de Steven Spielberg, Munich. Salí impresionado y de hecho, dormí muy mal, recordando algunas de las escenas.

Megusta mucho el cine, pero no logro superar la sensación de ser siempre como aquella mujer de La Rosa Púrpura del Cairo, que se encerraba en el cine para olvidar la realidad. Así es esta vez. Sé que me impactó y ello ha debido ocurrir no sólo porque tal vez estaba predispuesto a que así fuera, sino porque la película ha de tener sus méritos, por cuestionables que estos sean para algunos.

Al respecto, comento que me acerco a la crítica que hace Luis en Cinengaños. Considero importantes los comentarios que hacen Carlos Sanzol y Marcelo Birmajer en dos artículos titulados respectivamente: El polémico Sr. Spielberg y Las caricaturas de Spielberg. También creo que debo reseñar una nota en la revista digital Panfletonegro, aunque me sienta en relativo desacuerdo con lo que allí se dice.

El hecho es que salí abrumado por la imagen de locura y estupidez en la que nos envolvemos los seres humanos por nuestros egoísmos y afanes de posesión y venganza. Ninguna guerra, sea del signo ni tipo que sea, aporta nada a la humanidad. Ya lo sabemos y sin embargo seguimos abundando en ese imaginario, regodeándonos en sus historias y cultivando sus posibilidades.

Lo estruendoso de toda guerra es que se monta sobre discursos que justifican el asesinato. Pienso que de ninguna manera, bajo ninguna circunstancia, en absoluto, un ser humano cabal, consciente, religioso y digno ha de permitirse ni siquiera la idea de un asesinato. La muerte de una persona, así sea esta la más “miserable” de todas, no se justifica. El ser humano no puede seguir permitiéndose poner en sus manos la sangre de otro ser humano; muchísimo menos cuando ello acontece por venganza, odio, corrupción o fanatismo. No puedo entender que se pretenda construir la paz sobre la violencia y la muerte. No puedo aceptar que se renuncie a los valores más nobles y elevados de una cultura porque hay que demostrar fuerza o hay que saciar un resentimiento.

El ser humano se arruina a sí mismo, se descuida y extraña de sí, cuando cae en la alienación de sus sentimientos. Los sentimientos humanos son como el fuego: domados, nos proveen de bondades; desatados en su más libérrima naturaleza, nos arrasan.

Por eso no entenderé, no quiero y no me permito entender, bajo ninguna razón –porque no cabe– que quienes pretendamos hablar de civilización, libertad, equidad, justicia, desarrollo, socialismo democrático y humanidad, nos permitamos por algún instante aceptar la lucha, la batalla y en consecuencia el asesinato como vehículos para alcanzar esos ideales. Por eso reniego del grotesco culto al Ché Guevara en todos sus signos; por eso no comprenderé a quienes hayan sido o digan ser guerrilleros; por eso rechazo el terrorismo en cualquiera de sus formas; por eso me opongo a toda guerra o a todo discurso que pareciera querer estar atizando la posibilidad de iniciarla; por eso, insistentemente, sospecho de y repruebo a quien pretenda vivir construyéndose enemigos por doquier o que declare que hay que arrasar a sus enemigos de la faz del planeta.

Una conversación sobre este tema con unas amigas las llevaba a confrontarme con la posibilidad de tener que defender la vida de un hijo (debo decir aquí como dicen las abuelas: “Dios nos ampare”). Respondía que el objetivo habría de ser salvar al hijo, pero sin que ello pase por la muerte del otro, sea quien sea. Asesinar no puede estar dentro de nuestras opciones de acción, en ningún momento y bajo ninguna circunstancia. En todo caso, tal vez las situaciones excepcionales y extremas han de ser tratadas o consideradas como tales. Pero en esa categoría no entran nunca las guerras, ni las acciones terroristas ni guerrilleras, por cuanto son actos colectivos intencionados y premeditados, ejecutados de acuerdo a planes, organización, diseño de estrategias y disposición de ingentes recursos y complicidades.

Quiero terminar esta nota con una invitación a leer las notas de Kira y de Hombre lobo, con las cuales me siento plenamente identificado.

Ella afirma, entre otras cosas que: «no entiendo el remolino de entropía en el que se mueve el mundo, donde el ojo del torbellino pareciera sumergirse en un vacío absoluto, en una nada, hacia un punto que no trepida y que no representa ningún génesis renovador». (El profeta en el cartoon, 09/02/06).

Mientras que él escribe: «Se habla mucho de diálogo y de tolerancia, y estoy de acuerdo, ¿pero se puede ser tolerante también con la intolerancia? ¿Se puede razonar con alguien que afirma odiarte y que está dispuesto a morir para eliminarte de la faz de la Tierra? ¿Existe una salida para todo esto? ¿Dónde estaremos de aquí a cincuenta años? ¿Tiene sentido hablar de la posibilidad de un entendimiento con una cultura que está en un grado evolutivo muy diferente al nuestro, al no haber separado todavía la religión de sus esferas de poder? (...)¿En qué va a parar toda esta demencia? ¿Tienen razón aquellos que dicen que estamos en una guerra, nos guste o no? ¿Tienen razón los que dicen que llegará un momento en el que la cuestión se decidirá en un "nosotros o ellos"? ¿Es posible entenderse cuando hay tanto odio de por medio?» (¿Podemos ser animales religiosos?, 06/02/06).

Pienso que ellos tratan y expresan estos temas con mucho mejor acierto que yo. No tengo tampoco las respuestas a las preguntas, pero insisto en la reflexión.

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