3 feb. 2006

El lugar de la casa

Una casa que fuese un arenal
desierto; que ni casa fuese;
sólo un lugar
donde la lumbre fue encendida, y en torno
se sentó la alegría; y calentó
sus manos; y partió porque tenía
un destino; algo sencillo
y poco, pero destino:
crecer como árbol, resistir
al viento, al rigor de la invernada,
y una mañana sentir los pasos
de abril
o, ¿quién sabe?, la floración
de las ramas, que parecían
secas, y de nuevo se estremecen
con el repentino canto de la alondra.





Eugenio de Andrade
La sal de la lengua, 1995.
Traducción: Ángel Campos Pámpano. Madrid: Hiperión, 1998, p.11

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