10 ene. 2006

Año nuevo: esa pueril tarea

De los textos de Javier Marías aprecio la claridad y fluidez de su escritura; en ellos encuentro a una persona con la que quisiera identificarme. A través de sus artículos de opinión le estimo como alguien que cuida con intensidad y destreza las posibilidades de su sentir, pensar y decir y, por algunas de sus novelas, el ser que opina con propiedad se convierte además en un ser que imagina y acompaña.

Digo que quisiera identificarme con esas cualidades porque sé que ya no puedo desear ni pretender tal cosa, como si aún fuese aquel niño que dibujaba superhéroes anhelando –soy capaz de decirlo ahora– que al trazarlos y colorearlos ocurriera el prodigio de convertirme en alguno de ellos.

Leo a Javier Marías con la avidez de quien quiere aprender a hacerlo de igual modo, aunque no todo lo aprecio en la misma intensidad. Su novela Corazón tan blanco me contuvo varios días entre sus primeras páginas por el puro placer de leerlas una y otra vez; avanzar fue un desprendimiento del deseo que esos primeros párrafos me provocaron. Su novela Travesía del horizonte, por el contrario, se convirtió en una viaje que deseaba terminar casi desde el comienzo y en el que la voluntad de avanzar superó al gozo de leer.

Sus artículos de opinión, de crítica literaria y de cine despiertan mi interés por la precisión y pertinencia que percibo en ellos. Así recibí la recopilación presentada bajo el título Mano de sombra y así recibo ahora Donde todo ha sucedido y Vida del fantasma, cinco años más tenue.

Visito su bitácora con cierta frecuencia; en ella presenta los artículos que edita en la revista semanal de El País, bajo el título de La Zona Fantasma (el cual me evoca débilmente una serie de televisión, aunque no logro recordar bien cuál). Del 1 de enero de este año es un artículo que reflexiona sobre la humildad y belleza del arte de escribir, me permito transcribir un fragmento para invitar a su lectura:

La capacidad de los niños para fijarse, aún es más, para adentrarse e
instalarse en lo muy pequeño e insuflarle una vida de ficción es enorme.
Antiguamente, hoy ya no estoy seguro, los niños tenían por principal escenario
de sus fantasías el bélico o agonístico, representado por los disfraces, los
soldaditos de juguete y, si uno era afortunado, por un fuerte que los indios
asediaban una y otra vez; las niñas, imagino, se concentraban, se embebían o
quedaban absortas en el minúsculo tamaño de las casas de muñecas (era la norma,
si bien hubo siempre excepciones y trasvases, niñas guerreras y niños
domésticos); en todo caso, unos y otras se iniciaban así en la ficción. Quiero
decir en la ficción creativa, en la inventada por ellos y en la que ofrece todas
las posibilidades, en la que obliga a inventar la historia, la aventura, el
relato, por muy esquemáticos y miméticos que sean éstos; mientras que los
tebeos, las películas y los libros representaban la ficción recibida o heredada,
que a su vez servía de modelo y estímulo para la creación o recreación. Y si
bien se mira, esos juegos en los que uno decidía, siguiendo ciertas reglas o
convenciones y buscando siempre la verosimilitud de toda emulación, los destinos
y peripecias de sus soldaditos o de sus muñecos, son probablemente el primer
paso en firme para escribir ficción
”.


Con la resonancia de esas palabras en mí retomo el camino de estas notas sobre poesía, arquitectura y ciudad –luego de un descanso que nos llevó a Maracaibo– esperando que este nuevo año sea, contra todos los presagios, de paz, justicia y prosperidad para nosotros –quienes quiera que seamos.

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