11 may. 2017

Carta escrita en un invisible barco de papel

















Hola...

A quien pueda interesar leer esto, realmente le deseo que se encuentre bien, en unión de sus seres queridos.

Casi no sé cómo hablar en estos días.

Casi no sé cómo escribir.

Escribir duele.

Ninguna de mis palabras quiere ser arenga ni quejido.

Pero todas mis palabras en este momento y desde hace días, cada vez más, están sumidas en miedo y duelo.

Sí, también en rabia; pero la rabia torna en miedo a hacer daño y me encierro.

Hay monstruos que no quisiera conocer.

Monstruos que no quiero liberar.

Pienso que en cada persona habitan por lo menos dos monstruos: el que se es y el que no se es.

Digo: soy profesor, arquitecto y universitario. A diario muestro mis monstruos dóciles, ante amigos, estudiantes y compañeros.

Ciudadano universitario quisiera ser siempre, ante todos.

Ese anhelo me obliga y compromete, aun cuando creo que nada más puedo dar o hacer.

Porque lo que sé hacer, lo que quiero hacer, no dialoga con la muerte. No puede respirar abatimientos. No forja castillos de naipes en el aire.

Sé estudiar –digo, creo que sé.

Sé pensar –digo, creo que lo sé.

Sé conversar (creo que sí lo sé, lo creo).

Sé escribir –digo, me esfuerzo.

Y nada de eso parece útil en este momento.

Me niego a poner mi saber al servicio de luchas o batallas.

Reniego de luchas y batallas.

Aborrezco las guerras y sus mercaderes.

Creo en el trabajo.

Creo en cultivar.

Admiro el producir.

Profeso el construir.

Edificar es un horizonte siempre anhelado pero al que no he caminado con suficiencia ni resistencia. Para el que pienso que no poseo los talentos necesarios, la personalidad exigida.

Pero el momento actual es oscuro.

De una oscuridad que no había conocido; que no había imaginado vivir más allá de las páginas de los libros que de ella hablaban.

Estamos prisioneros y, desde hace dieciocho años, amenazados y abusados por un cartel de sátrapas.

Mienten.

Hasta la nausea, mienten.

No tienen palabras, solo balas y vicios.

Corrompen todo lo que tocan; todo lo que ven lo corrompen; todo lo que oyen, lo que huelen y lamen, corrompen.

Defecan corrupción.

Bailan sobre sus miasmas. Comen de ellas.

Se vanaglorian de hacerlo.

Mienten. Estafan. Coaccionan. Reprimen. Violan. Torturan. Asesinan.

Una y otra vez: mienten.

Constituyen antros de mentiras.

Todas sus mentiras constituyen una galaxia muerta.

Una patria muerta.

Una república muerta.

Pero quiero creer en la vida.

Creo en la vida como bendición que un dios –quizás en el que creo– nos ofrece a cada instante. En cada respiración.

Y la vida brota en las grietas de las calles.

Tercas hebras de vida que una mujer mira con insistencia y sonríe.

Sonríe porque la vida busca el sol, se hunde en la tierra, late debajo de las piedras.

Y al crecer da buena sombra, refugia y se posa en nuestra manos; en nuestras pequeñas manos que reciben por igual chispas, semillas, gotas.

Y nuestras manos quieren hacerse campos, caminos, industrias, tiendas, teatros, escuelas, hospitales, residencias.

Ciudades.

Como en las que hoy percibo brotes de una nueva república:

Jóvenes brotes de una república liberal, democrática, inteligente; cultora de la vida al pie del Ávila; en el Estrecho del lago que recibe al Catatumbo; a orillas del Torbes y del Chama; a orillas del Turbio, del Cabriales y Las Delicias; en riberas del Arauca, del Neverí, del Guarapiche; en las del Caura, el Cuvchivero y Caroní; y en toda la cuenca del Orinoco, brotando desde su Angostura y trazando la línea de vida del país; volviéndonos un delta inmenso que besa al Caribe en Paria y en Cariaco, en La Restinga y Paraguaná; ovillándonos en el golfo donde nace nuestro nombre y los nombres de todos los que hoy lloran de rabia, dolor, esperanza.

Joven ciudad rebelde y amable.




















Fotografía: REUTERS/Carlos Garcia Rawlins, 6 de mayo 2017.


#poesíaresistencia

9 may. 2017

El "Pueblo mío" de Daniel Atilano


















Permítanme invitarles a escuchar la pieza titulada Pueblo mío, compuesta por Daniel Atilano, a partir de tramar impresiones sonoras urbanas de Caracas (grabadas durante la Semana Santa reciente) sobre extractos del Popule Meus de José Ángel Lamas (1775-1814).

Algunos fragmentos del Popule meus de Lamas, en la versión de Daniel, hilan un tumulto de voces y fragores que suceden azarosos. Ese collage de sonidos me inspira una tensión entre dos mundos que parecieran irreconciliables: por un lado, el de una belleza triste, dolorosa, como la contrición de un condenado devoto y, por el otro, el de una vida que rezuma, terca y ardua, entre los acordes de otra belleza, velada por una pátina sonora, por una distorsión que evoca el ruido que producía la aguja de un tocadiscos sobre un acetato que daba cuenta de los años sufridos, de las innumerables vueltas que ha dado para reproducir, una y otra vez, la misma angustia. Es también la pátina que rememora la sonoridad de una orquesta de retreta, esa parodia de alegría con la que bandas militares –o con ínfulas militaristas– colmaban las plazas, entre cepillados y escapularios.

Pueblo nuestro, el escuchado por Daniel, pueblo herido.

Confieso que no recordaba la pieza de Lamas. No resuena en las semanas santas de mi vida. No resuena en los viernes santos de mi Angostura.

¿Perdí esos recuerdos? Yo, párvulo que abrió cuadernos en pupitres de una escuela parroquial, desde un tercer grado de tablas azotadas hasta un sexto enamorado de la misma caperuza amarilla que llueve en algunos de mis versos. Monaguillo asustado. Improvisado Igor, aspirante a sacristán, que durante la consagración, cada domingo, veía arder, aterrado, todos los pecados sobre los inclinados rostros de la feligresía.

No recuerdo las Semanas Santas de aquella Caracas y, sin embargo, cuánto siento que estoy ahí, en medio de la muchedumbre que merodea el Popule meus, durante la procesión de nuestros días actuales, grabados por Daniel.

Una y otra vez escucho esas voces reunidas por él y con cada palabra irrumpo en ese lugar donde se encuentran, solo para saber que no he llegado, aún, al umbral donde seré apenas una voz perdida entre los estallidos de un petardo y el escándalo de una vulgaridad que se resiste a fenecer.


















Fotografía de Santiago Astor de su documental sobre la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas.



29 abr. 2017

Reclamo por los derechos que le han violado a Eddy y Gabriela. (Y por los de todos los detenidos injustamente)





















Eddy Rosal y Gabriela Hernández son esposos; tienen una pequeña niña.

Desde el 6 de abril, están injustamente detenidos y acusados de “terroristas” por el régimen, con orden de libertad desde el 8 de abril. Seguirán detenidos, injustamente, hasta el 2 de mayo, tal vez más.

Son 26 días de violación de sus derechos a la libertad y a la seguridad de sus personas, a partir de violar por represión militar sus derechos a manifestar y a reunirse pacíficamente.

Eddy y Gabriela son dos de los tantos detenidos en la protesta del 6 de abril, convocada por la oposición en todo el país, para exigir la destitución de los magistrados de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) por el golpe de estado que dichos funcionarios perpetraron el 28 y 29 de marzo.

Son dos de las 1607 personas que, hasta ayer 28/04/2017, habían sido detenidas durante las protestas sucedidas en este mes, según contabilidad reportada por el Foro Penal venezolano a través del portal Caraota digital.

Eddy y Gabriela son bomberos voluntarios, jóvenes trabajadores y estudiantes. Eddy es coordinador en una agrupación religiosa denominada Movimiento Campamentos Juveniles, que hace vida en la parroquia San Rafael Arcángel, en Artigas, según he podido conocer a través de los reportes que ha publicado en su perfil en Facebook Adriana Russián, secretaria general del Movimiento.

En un momento de la protesta, según me relata Russián, Gabriela vio a una joven desmayarse. Junto con Eddy acudieron a ayudarla y, cuando la estaban levantando, la PNB los detuvo. Fueron llevados a la Dirección de Investigaciones contra el Terrorismo, del CICPC, en la sede de la Av. Urdaneta. Su caso está asignado al Tribunal 25 de Control en el Palacio de Justicia.

El 8 de abril, luego de dos días de detención, la fiscalía ordenó liberarlos con la condición de que presentaran dos fiadores cada uno; según se publicó en el portal digital del diario El Nacional. Me dijo Russián que se les liberó con régimen de presentación cada 15 días, por un mínimo de 8 meses. Dice en el diario que se les imputaron los cargos de “daños e instigación pública” y, al parecer, el régimen juzga ahora esos cargos como “terrorismo” por una “nueva ley de terrorismo”.

Desde el 8 de abril y hasta el venidero 2 de mayo, Eddy Rosal y Gabriela Hernández, junto a otros, están detenidos en el CICPC con orden de libertad (y boleta de excarcelación desde ayer viernes, según me informó Russián).

26 días de injusticia y clara violación a sus derechos humanos.

Entre las arbitrariedades e irregularidades constatadas y comunicadas por el Foro Penal en sus reportes, la injusta demora en la ejecución de la orden de libertad para Eddy y Gabriela es tan solo uno más de los numerosos casos de violaciones de los Derechos Humanos cometidos por el actual régimen de Nicolás Maduro y su cartel. Violaciones de los DDHH que, en mi opinión, suceden por la negligencia e incluso burocrática indolencia de los funcionarios que en la Defensoría del Pueblo y en la Fiscalía General de la República deberían ser responsables de que esas situaciones no ocurriesen.

26 días de dos padres detenidos por un régimen violador de Derechos Humanos.

26 días de expoliados abrazos para su hija.

#LibertadParaEddyYGabriela
#LibertadDeExpresión
#LibertadPresosPoliticos


#DDHH
#AdoptaUnCivil

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Post data:

El pasado 7 de mayo Eddy y Gabriela fueron, por fin, liberados.

Luego de 31 días de haber sido detenidos injustamente.
Luego de 29 días con orden de libertad por parte de la fiscalía.
Luego de 9 días con boleta de excarcelación emitida.

Fueron liberados luego de haber sido violados sus derecho civiles por un régimen dictatorial.

Están bien ahora, abrazados a su hija.























#NoMásDictadura
#MaduroTirano
#DictaduraPeseuvista
#NarcoDictadura

12 sep. 2015

De la colección OT poesía: dos nuevos títulos


Me complace anunciar la presentación de dos títulos de la colección OT Poesía: Sin mover los labios, de Alfredo Chacón y 39 grados de cielo en la tierra, con mi firma; publicados por Oscar Todtmann Editores.

Será en la Librería Alejandría del C.C. Paseo Las Mercedes, el próximo sábado 19/09/2015, a las 3:00 pm.

Disfrutaremos de una conversación, en la grata compañía de nuestro querido amigo, escritor y librero, Ricardo Ramírez Requena.

Saludos.

8 sep. 2015

Ascuas de un corazón en duelo

Se dice que empatía es la capacidad de alguien para identificarse con otro y compartir sus sentimientos; por lo que también se interpreta como el sentimiento de identificación de una persona con otra. Ya sea una capacidad o un sentimiento, quizás la empatía haya sido una de las facultades primordiales para subsistir como especie. Quizás sea por ella que podemos llegar a acompañarnos en distintos momentos cruciales o abismales y creer que nos condolemos, compadecemos, convivimos. Amamos. Y digo creer porque bien sabemos que por más cercanía que una persona tenga con otra, el aprendizaje de una vivencia es un suceso dentro del individuo íngrimo que cada uno es. Nuestras historias son puentes que tendemos entre nuestras soledades para intentar comunicarnos, para intentar sobrevivir.

Leer en su libro, Duelo, lo que le tocó vivir a Albor Rodríguez, me dejó en una llanura inerte, rodeada de abismos insalvables. Abismos hacia su nada. Hacia un terror sin nombre que ella, milagrosamente, ha sobrevivido. Y aquí la palabra milagro lleva lo que dice: una experiencia vivida de la que nada comprendemos, que no podemos explicar –si es que algo podemos explicar–; un hecho que ni siquiera sabemos cómo preguntar; solo somos testigos atónitos de que acontece; testigos heridos y mudos cuando sucede a la persona que cada quien intenta ser.

Comprendo la empatía como producto de nuestra capacidad y deseo de imaginar lo vivido por otra persona; es decir, de vivir con nuestro pensamiento experiencias vividas por otra persona; experiencias que nuestro cuerpo no puede percibir. Quien narra una historia abre para nosotros un manantial que fertiliza nuestra imaginación. Quien además tiene la valentía de sobreponerse al inerte estado al que lo arroja un brutal dolor, de activarse en su duelo y resistir el deslave de emociones que le agreden, para narrarnos la historia de haber sufrido una pérdida atroz, no solo nos honra con ese manantial sino que también nos obsequia vida sedimentada en palabras.

El abismo en el que cayó Albor, la madre, es tan insondable que nuestra imaginación siempre será pálida ante la hondura de su dolor y la fuerza de su espíritu para elevarse y regresar. La magnitud de lo vivido hace que uno casi olvide el hecho de que quien narra lo ha sobrevivido y ello me hace sentir que cada página del libro es aún más valiosa.

La narración de Albor es sencilla, fluida; en voz baja; serena; como serena es la voz de una amiga que nos cuenta su historia en medio de su noche, en su habitación, con el titilante candil de su amor que ya nunca se apagará. El amor por Juan Sebastián, su tesoro ido, un cometa en su cielo, el milagro del que ella fue testigo.

Cada párrafo es una urdimbre de inteligencia y sentimientos, de honestidad y franqueza. Cada página está hecha de hilos de agua clara. Hila ella delicadamente la historia de su hijo hacia el pasado, mientras hila lentamente la de su duelo de madre para traerse de vuelta a la vida entre nosotros. Es una madre que piensa y cuenta; que recuerda y teme; que escribe para no olvidar y al escribir, pensando en un nosotros al que cada lector se incorpora, traza un camino por el que logra recrearse, entretenerse en ese ineludible viaje hacia su oscuridad, hasta encontrar el umbral hacia otra luz en este mundo.

Tal vez porque soy un lector muy obcecado en buscar categorías y estructuras, no pude dejar de sentir que quien primero sobrevivió fue la periodista. Su profesión quizás haya sido un salvavidas agarrado en la última brazada antes de hundirse definitivamente. Las manos tendidas de toda su familia le dieron una nueva oportunidad y el umbral del arte de la escritura un nuevo horizonte. Curioso círculo que en ella se completó, cuando pienso que su ser de periodista se encontró con el ser de escritor que le alienta, le esencia y origina. La idea clave en esto: dar su voz para que se exprese quien no puede hacerlo. En cada párrafo de Albor habla una madre que ha sufrido la pérdida de un hijo y también se escucha la voz de un hijo que apenas comenzaba a pronunciar su primera palabra: Gracias.

«Imploraba con todas mis fuerzas ser otra», escribió, en medio de su relato de la dura experiencia de los tratamientos de fertilidad a los que se sometió. Y Albor es otra, como otros somos nosotros luego de leerla, porque después de que ocurre algo como lo que a ella le ocurrió, «...dejó de ser normal lo más normal del mundo: ver a una madre con su hijo...»

Cada niño es un milagro.*

Quiero terminar estas breves e insuficientes notas sobre una de mis lecturas de Duelo –el libro de Albor Rodríguez publicado por Oscar Todtmann editores en 2015–, releyendo el epígrafe con el que ella nos abre su historia; unos versos del poeta norteamericano Archibald Mac Leish: «Las velas de las iglesias se han apagado, / las estrellas ya no están en el cielo. / Soplemos sobre los carbones del corazón quemado, / y ya veremos, ya veremos...» 

Invito a leer su libro Duelo; unirnos a su voz, para soplar junto con ella sobre las brasas de su corazón quemado.

Soplemos cuidadosamente; cuidadosamente... y continuemos...





























* La frase hace referencia a un texto del escritor chileno Cristian Warnken, titulado Páginas en blanco (publicado en su blog del diario El Mercurio, el 19/02/2009). Albor cita a Warnken en su libro (p. 62).


© Hernán Zamora  /  @hzdedalus



28 jun. 2015

El lugar común en la poesía

O sobre el desconcierto que nos provocan ciertas palabras



Una de las expresiones que me ha costado comprender y más, quizás, aceptar, en el afanado buscar por la poesía, es precisamente esta: lugar común.

Creo recordar que la primera vez que la escuché fue en la voz del poeta Arturo Gutiérrez Plaza, cuando asistí por poco tiempo al taller de poesía Anagrama, que coordinaban las profesoras Luisana Itriago y Ana María del Re. Son borrosos mis recuerdos, pero muy sentidos. El taller se reunía en Parque Central. Ahí escuché por vez primera el nombre de Eugenio Montejo y comencé a conocer sobre los talleres de poesía y supe de otros compañeros que también labraban palabras. Además de Arturo, recuerdo a Eduardo Castellanos. Como tantos momentos importantes en mi camino por la poesía, debo a mi amigo Henry Vicente la invitación a aquel querido lugar y probablemente varios de los pastelitos de los que dimos cuenta a la salida del taller en una de las panaderías ubicadas en el nivel Lecuna, si mal no recuerdo –aunque siempre recuerdo mal.

Asocio la expresión lugar común a Arturo porque he tenido la suerte de poder conversar en varias ocasiones con él sobre algunos de mis poemas e incluso, él ha tenido la gran amabilidad de leer algunos de mis manuscritos. Siempre me ha señalado cuánto incurro en esa situación, considerada un error o una debilidad en el oficio del poeta.

Siendo aquel estudiante de arquitectura despistado e idealista, la expresión me parecía muy bella, algo deseado. En un principio, me halagaba. Comencé a preocuparme después, cuando creí que iba entendiendo.

Lo cierto es que no podía asociar la palabra lugar con la textura del poema (lo cual va dando señas de mis obstáculos mentales para la poesía) y tampoco entendía qué problema podía haber con que fuera común, si lo deseable es que pudiese referirse a algo conocido por todos. Nada sabía entonces acerca de cómo tratamos de explicarnos una realidad haciendo metáforas de espacio o de tiempo, ni mucho menos podía imaginar que aunque creemos que todos podemos conocer, se impone ante nosotros la inmensa dificultad de que no conocemos de la misma manera y por tanto la idea de que lo que nos une y se hace común en nosotros es casi una quimera. Mucho menos había reflexionado sobre cómo el uso diario y masificado de nuestra habla erosiona el significado de palabras y oraciones, hasta desgastarlas de tal manera que solo quedan de ellas cascarones vacíos, ripios, aserrín, astilluelas de casi nada.

Caminos trillados y cantos rodados, para decirlo con dos lugares comunes que me siguen pareciendo muy hermosos.

Para escribir este pequeño ensayo sobre una de las expresiones más problemáticas en mis esfuerzos por escribir, he querido traer a la página voces de quienes recuerdo haber leído para aclararme y proceder. Muy pálidamente parecieran venir algunos ecos de Elías Canetti, Octavio Paz, Alfredo Silva Estrada. Muy probablemente, de algunas de las lecturas acercadas en algunas de las sesiones de los talleres de poesía en los que tuve la dicha de participar, en el CELARG, el primero, guiado por Yolanda Pantin y el segundo, por Lázaro Álvarez y Arturo Gutiérrez. Pero lo cierto es que no puedo apoyarme en una erudición que no poseo. Ninguna frase de lo que pueda decir acerca del lugar común pareciera llegar a mí de algo que yo haya logrado aprender de tan queridos e importantes maestros. Mal estudiante soy. O quizás sí aprendí algo y caeré en un plagio por mi precaria memoria. ¿Quién sabe?

Con la expresión lugar común se señalan aquellas palabras o frases que incluimos en nuestros textos creyendo que dicen con intensidad lo que nos proponemos expresar y resulta que por estar en boca de todos, diariamente, dejan de decir lo que deseamos y que quizás le dio origen. Por ejemplo, pareciera que no sería posible en un poema actual escribir la expresión de aquel conocidísimo bolero: “tus dientes de perlas, tus labios de rubí” sin cargarlo con un sarcasmo que demuestre nuestra conciencia de estar incurriendo en el error de acudir a una frase que no resulta en una imagen nueva o al menos renovada. 

Las expresiones "frío como la muerte" o "loco de amor" son lugares comunes. Lo son también "pueblo noble" y "sabiduría popular". Dar ejemplos puede ser como ponernos a contar granos de arena en una playa. ¿Verbigracia?

En su blog, el poeta Harry Almela ofreció un breve ensayo titulado Teoría y práctica del lugar común en el que de manera muy didáctica explica el concepto. De su lectura, interpreto que define al lugar común como cierta unidad léxica que ha perdido su aura semántica original, esto es, palabras o combinaciones de palabras que, para el caso de la poesía, por ejemplo, a causa del exceso de uso se les ha resentido su fuerza poética, la capacidad que hayan podido tener para conmovernos, para crear en nosotros el asombro. Parafraseando a Almela, lugar común son aquellas palabras que de tanto usarlas las hemos envejecido, las hemos aplanado a martillazos, hasta que han perdido su capacidad para hacer vibrar en nosotros sus significados, su mensaje.

Muy interesante es la explicación que da para diferenciar tres conceptos que están sumamente relacionados pero que en teoría literaria tienen significaciones y valoraciones muy distintas: tema literario, tópico literario y lugar común. De manera groseramente resumida de mi parte, tema y tópico son categorías asociadas a una tradición literaria, útiles para clasificar los textos en dos niveles de abstracción; por otra parte, lugar común sería una determinada calificación (por lo general, despectiva) a un problema localizable dentro de un texto literario. Los grandes temas de la literatura son: la vida, la muerte, el amor, el viaje y el paraíso perdido. Los tópicos serían las reiteradas variaciones metafóricas que tradicionalmente se han elaborado y reelaborado a partir de esos cinco grandes temas.

Los lugares comunes, bueno, son las huellas del cansancio de nuestro espíritu.



© Hernán Zamora  /  @hzdedalus


























Imagen: caricatura titulada Los girasoles de Van Gogh; por ÁngelBoligan; encontrada a través del sitio web: www.cartonclub.com.mx; http://goo.gl/HYOzFR; el 23/06/2015.
Página personal de Ángel Boligán: www.boligan.com

21 jun. 2015

Hablar de poesía

O sobre la dificultad de hacer crítica poética


Alguien dijo una vez que nada hay más práctico que una buena teoría.

Me identifico en esa expresión porque manifiesta un principio desde el cual trato de sostenerme: no hay acción que se realice sin ser guiada por un pensamiento y considero que esto es así, incluso cuando actuamos por impulso de una intuición. Muchos problemas se derivan de eso, para empezar: darse cuenta de que se está actuando consciente o intuitivamente. La dificultad se agrava cuando aparece una tercera posibilidad a esas dos, que es el proceder dogmático.

Por efecto de la intuición, uno cree que sus acciones no son guiadas por pensamiento alguno. Esta es la mejor ilustración de esa concepción muy generalizada que distingue al pensar del hacer como si fuesen fenómenos opuestos, al punto de creer que la existencia de uno niega la del otro. Por efecto del pensamiento dogmático, la persona cree que está pensando libre y voluntariamente. No se cuestiona lo que hace o dice, ni mucho menos lo que piensa. Por efecto de la consciencia, uno cree ser dueño de sus actos y hasta llega a pensar que las representaciones que ha creado acerca de un mundo se corresponden realmente con el mundo que existe.

Conversando con un amigo en una ocasión, en la que le contaba alguna preocupación espiritual en la que me sentía sumido, él me dijo generosamente que lo que yo necesitaba era ponerme a lavar el carro; es decir, ocuparme en algo para que dejara de pensar en pazguatadas. Se lo agradecí y le juré que lo haría; pero no tuve el valor de confesarle que no hay un momento en el que mi pensamiento derrote más por meandros enrevesados, que cuando estoy ocupándome de alguna tarea mecánica o doméstica; en mi caso, por ejemplo, encargarme del aseo de la cocina en nuestra casa.

Creo que fue Isadora Duncan la que dijo que si explicaba cómo bailaba no podría continuar bailando. Así también, nada me resulta más difícil que hablar de poesía. Y es que al hablar se hace algo muy distinto al hacer del cual se habla: ese hablar será teoría (en cualquiera de sus posibles formas: describir, narrar, reflexionar, predicar, juzgar, etcétera) y sus frutos serán siempre otra cosa, puesta al lado de la cosa de la cual se habla. Un comentario a un poema titulado Escucho a John Coltrane, no es el poema Escucho a John Coltrane y no es Armando Rojas Guardia escuchando a John Coltrane, ni es John haciendo música. Son todos productos distintos, y el conjunto de ellos es una cultura más elaborada, que la que apreciaríamos si nadie hubiese podido escuchar a Coltrane alguna vez.

Por eso quisiera poder hablar de poesía, sin renunciar a seguir intentando escribir, anhelando a la poesía.

En algunas ocasiones, poetas amigos me han dado algunos de sus textos para que se los comente. Sencillamente he enmudecido. Por una doble razón: porque no sé qué podría decirles más allá de mi primera sensación con respecto a sus textos y porque siempre temo que mi opinión sea tan hosca y torpe que maltrate innecesariamente el tránsito de esa persona por su propio camino. Pero lo cierto es que he sentido que ese proceder es muy pobre de mi parte, pues no enriquece la experiencia poética de quien escribe ni la mía como lector suyo, agradecido por demás. Y es que en el ser del lector se realiza finalmente una obra.

En otro momento desarrollaré cómo entiendo el concepto de crítica. Baste ahora decir que la acción crítica, como otra forma de la expresión hablar de poesía, requiere de una “buena” teoría. Entiendo a la teoría como un pensamiento ordenado, bien fundado, con el que nos asistimos en nuestro esfuerzo por comprender alguna realidad de un mundo en el cual vivimos o ante el cual estamos.

Pensar en una teoría poética me produce un intenso temor. Como si al intentarla, el escritor que procuro ser morirá embalsamado. La primera vez que escuché la expresión me sonó a herejía. Pero lo cierto es que esa teoría va sucediendo en acto cada vez que leo un poema o un poemario y lo hago con la espléndida sensación de estar conversando con su autor. Al leer voy sintiendo, viviendo, deteniéndome, cavilando, discutiendo, volviendo a leer, tratando de entender... ¡incluso corrigiendo! Cada vez que no puedo contener el impulso de tomar el lápiz y subrayar, hacer una marca al margen de la hoja o escribir lo que pienso o me inspira lo leído en ese mismo margen, estoy hablando y ese hablar se sostiene en un pensamiento, hay teoría.

La pregunta que me hago es ¿qué importa si digo o no lo que pienso al leer poesía? Eugenio Montejo hablaba de un parentesco entre los poetas, una fraternidad. Solo es posible darle vida y sostenerla cuando, café, vino o cervecita mediante, podemos conversar, hablar de poesía, con la esperanza de acompañarnos en el camino, de ayudarnos mutuamente a mejorar nuestros intentos de, aunque sea por un instante, creer que rozamos ese resplandor con nuestras propias manos.



© Hernán Zamora  /  @hzdedalus



























Acuarela de Auguste Rodin, tomada del sitio web AffordableArt101 http://goo.gl/n4vVTk